CÁNDIDO O EL OPTIMISMO: EN BUSCA DE LA FELICIDAD

 

Obras más importantes de Zurbarán

Cándido o el optimismo, de Voltarire. Cuando comencé a leer este cuento, sentí que era una mezcla entre la vuelta al mundo en 80 días, de Verne, y el almuerzo desnudo, de Burrough. Un relato de aventuras, pero de extrema crudeza. Y digo que es un cuento, porque tiene moraleja como todo cuento (moraleja de la que luego me ocuparé). Así pues, Cándido o el optimismo es un cuento filosófico, en el que su homónimo protagonista busca la felicidad a través de un trepidante viaje, no sólo por tierra y mar, sino al interior de su alma.

Cándido crece adoctrinado por el filósofo cortesano Pangloss en la idea de que vivimos en "el mejor de los mundos posibles". Esta idea -en apariencia inocente e inocua-  acompañará a Cándido durante su viaje, y será puesta a prueba ante las adversidades y desgracias que sufre el ser humano. Así pues, comencemos esta entrada por conocer en qué consiste la filosofía del optimismo.

La filosofía del optimismo.

La filosofía de Pangloss (la misma de Gottfried Leibniz) consiste en el llamado optimismo metafísico, que concluye la negación o justificación de todo mal. Para Pangloss, las desgracias y calamidades de la vida "forman parte del bien general".  

"Está demostrado, decía, que las cosas no pueden ser de otro modo: porque, estando hecho todo para un fin, todo está hecho necesariamente para el mejor fin. Obsérvese que las narices han sido hechas para llevar antiparras, por eso tenemos antiparras. Las piernas están visiblemente instituidas para ser calzadas, y por eso tenemos calzas" (Cap. 1).

En el idílico castillo de Thunder-ten-tronckh, al abrigo de este pensamiento, Voltiere nos sitúa a un Cándido ajeno a todo mal exterior. Pero una vez expulsado de la corte (como luego veremos), el protagonista se enfrenta a un mundo hostil e irá transmutando de la inocencia primigenia de los primeros capítulos, a un pensamiento mucho más realista. Es la maldad que existe en la vida real (allá fuera), la violencia, la mezquindad, la intolerancia y las catástrofes naturales (que Cándido define como "las sombras de un hermoso cuadro"), con las que Cándido tendrá que lidiar sin más armas que su vitalismo y su optimismo. 

Casi al final de la obra, el propio Cándido, ante las atrocidades vividas durante su periplo por el ancho mundo, interpelará a su maestro a que se cuestione su filosofía: 

"Y bien, mi querido Pangloss, le dijo Cándido, cuando os colgaban, cuando os disecaban, cuando os molían a golpes y remabais en las galeras, ¿seguíais pensando que todo iba de la mejor manera posible en el mundo? -Sigo con mi primera idea, respondió Pangloss porque en última instancia soy filósofo: no me conviene desdecirme, porque Leibniz no puede haberse equivocado, y además, por ser la armonía preestablecida la cosa más hermosa del mundo, igual que lo son el pleno y la materia sutil" (Cap. 28).

Y en último capítulo, Voltaire nos termina de desenmascarar a Pangloss cuando dice:

"Pangloss confesaba que siempre había sufrido horriblemente; pero que, habiendo mantenido una vez que todo iba de maravilla, lo seguía sosteniendo, pero no creía en ello" (Cap. 30).


El amor por Cunegunda.

Cunegunda es un personaje clave dentro de la obra. El capítulo I nos narra un encuentro amoroso entre la bellísima hija del barón y Cándido, que, al ser descubiertos por el padre de ésta, termina con el destierro de nuestro protagonista. Cándido ha mordido la manzana del paraíso y es expulsado. Se enfrentará a partir de entonces a un mundo lleno de hostilidades, hambre, miseria, epidemias y guerra. Sin embargo, Cunegunda no queda en el olvido, ni mucho menos. Con ella nace un tema pilar en la obra: el destino. A partir de entonces, amor y destino se conjugarán en los viajes de Cándido y será el amor por Cunegunda, lo que guié al personaje hacia la búsqueda de la felicidad. 

Como digo, Cunegunda representa el refugio filosófico del protagonista. Y me voy a explicar mejor: en ciertos momentos de la obra, Cándido duda del optimismo, de si realmente estamos ante "el mejor de los mundos posibles", y es Cunegunda lo que le anima a confiar en su filosofía, lo que lo sostiene a pesar de las calamidades. Veamos un ejemplo:

Cap. 20: "Sin embargo, Cándido tenía una gran ventaja sobre Martín, y es que seguía esperando volver a ver a la señorita Cunegunda, mientras que Martín no tenía nada que esperar; .../... cuando pensaba en lo que le quedaba en las faltriqueras y cuando hablaba de Cunegunda, sobre todo al terminar las comidas, seguían aceptando el sistema de Pangloss".

Téngase en cuenta que, primero, Martín (el otro filósofo) representa el pesimismo antagónico de Cándido, y que la ventaja moral de éste sobre Martín, está en que este último no espera nada de la vida; en cambio, Cándido sí espera algo: encontrarse con Cunegunda (su destino). Sólo en "el mejor de los mundos posibles", puede existir el amor entre Cándido y Cunegunda. Véase que justo en el capítulo anterior, Cándido ya comienza a dudar del optimismo:

Cap. 19: "¡Oh, Pangloss!, exclamó Cándido, no adivinaste esta abominación; es un hecho que al final habré de renunciar a tu optimismo. -¿Qué es el optimismo?, decía Cacambo, -Ay, dijo Cándido, es la manía de sostener que todo está bien cuando todo está mal".

Por lo tanto, Cunegunda es el timón que gobierna el viaje de Cándido. De ahí, la relevancia de este personaje durante los distintos capítulos en los que Cándido tiene que ir superando sus dudas filosóficas, y no deja de ser significativo que la búsqueda de este amor es el causante de muchas de sus desdichas, pues cuando Cándido alcanza por fin el paraíso (El Dorado), donde sí es posible realmente un mundo sin maldad, renuncia a él porque su destino es estar con Cunegunda.


Los otros filósofos

No sólo Pangloss es el único filósofo que acompaña a Cándido durante la obra. Voltaire nos presenta a un viejo sabio ("lo sabe todo tragedias y libros"), llamado Martín, maniqueo y antagónico a Pangloss, al que Cándido le pregunta:

"Señor, seguro que pensáis que todo va de lo mejor manera posible en el mundo físico y en el moral, y que nada puede sucede de otro modo. -Yo, señor, le respondió el sabio, no pienso nada de todo eso; me parece que todo va mal entre nosotros; que nadie sabe ni cuál es su rango, ni cual su cargo .../... el resto del tiempo transcurre en querellas impertinentes .../... es una guerra eterna" (Cap. 22).

Por lo tanto, si Pangloss representa para Cándido el optimismo; Martín es el pesimismo. Y ambas son dos respuestas filosóficas ante la crueldad del mundo, donde existen dos tipos de males (como nos dice Voltaire): el mal físico y el mal moral. El primero no depende de nosotros. Nada puede hacer el hombre ante las enfermedades, las tempestades, los terremotos o el hambre. "Tomárselo con paciencia", le diría Martín a Cándido; o "todo sucede por un bien", le diría Pangloss. Pero, en cambio, son los males morales los que tienen mayor trascendencia en la obra al estar directamente relacionados con la condición del hombre: la guerra, la tiranía, la esclavitud, el fanatismo, etc. Y Voltaire nos hace cuestionarnos si estos males existen porque el hombre es malo por naturaleza. ¿Es el hombre (como decía Thomas Hobbes en El Leviatán 1651) un lobo para el hombre?. ¿Es el hombre el único animal capaz de cometer frente a su prójimo la mayor crueldad posible?. ¿Somos malos por naturaleza?. ¿O, por el contrario, es el hombre bueno en su estado natural y, en cambio, es la sociedad y las costumbres lo que lo corrompe (siguiendo pensamiento de Rousseau y su mito del buen salvaje, del que Voltaire se ocupa en su capítulo XVI)?. 

Al final de la obra, aparece otro filósofo: Derviche (el mejor filósofo de Turquía), que representa el orientalismo (una alternativa a la espiritualidad de Occidente, véase que todo el viaje de Cándido es un viaje hacia el Oriente), y al que Pangloss y Cándido le preguntan sobre la maldad del hombre:

"Pangloss tomó la palabra y le dijo: Maestro, venimos a rogaros que nos digáis por qué ha sido creado un animal tan extraño como el hombre. -¿Por qué te mete tú en eso?, dijo el derviche. ¿Es cosa tuya? -Pero mi reverendo padre, dijo Cándido, sobre la tierra hay mal hasta extremos horribles. -¿Qué importa, dijo el derviche, que haya mal o bien?" (Cap. 30). 

Y el derviche les termina dando a entrambos con la puerta en las narices, simbolizando de esta manera la contraposición del orientalismo antimetafísico frente al pensamiento occidental de los tiempos de Voltaire. 


El Dorado:la utopía

El Dorado es el lugar escogido por Voltaire para narrarnos un paraíso donde no existe la maldad, esto es, una utopía. Sin embargo, los valores que gobiernan esta región ("al abrigo de la rapacidad de las naciones de Europa") serán tomados por Cándido para ponerlos en práctica en su nueva vida en Oriente.

En la antigua patria de los incas, le dice un anciano a Cándido, no existen "monjes que enseñen, que disputen, que gobiernen":

"Nosotros tenemos, según creo, la religión de todo el mundo; adoramos a un Dios de la noche a la mañana .../... no le rezamos .../... no tenemos nada que pedirle .../... le damos las gracias constantemente .../... todos somos sacerdotes .../... aquí todos somos de la misma opinión" (Cap. 18).

En El Dorado tampoco existen las mismas instituciones que en Europa: 

"Cándido pidió ver el tribunal de justicia, el parlamento; le dijeron que no había y que no se pleiteaba jamás. Quiso saber si había cárceles, y le dijeron que no" (Cap. 18).

En un país donde las piedras son de oro, la costumbre es abrazar y besar en las mejillas al Rey; donde todos los hombres son iguales y el palacio más grande es el palacio de la Ciencia, Cándido identifica El Dorado como la mejor tierra posible:

"Si nuestro amigo Pangloss hubiese visto El Dorado, no habría dicho que el castillo de Thunder-ten-tronckh era lo mejor que había en la tierra" (Cap. 18).


Cultivar el huerto: la moraleja.

Llegamos al final del viaje: Constantinopla. El deseo y amor por Cunegunda (que ha perdido su deslumbrante belleza) se ha convertido en una suerte de conformismo, ya no tiene la fuerza motriz que la ha caracterizado durante toda la obra. En esta región de Oriente, conviven la Vieja, Cunegunda, Martín, Pangloss y Cándido. El viaje ha tocado su fin, y la Vieja plantea entonces la siguiente cuestión:

"Me gustaría saber qué es peor, ser violada cien veces por piratas negros, tener una nalga cortada, pasar por las baquetas con los búlgaros, ser azotado y colgado en un auto de fe, ser disecado, remar en galeras, experimentar, en fin, todas las miserias por las que nosotros hemos pasado, o quedarnos aquí sin hacer nada. -¡Gran cuestión!, dijo Cándido" (Cap. 30).

Y después de que el filósofo derviche les diera con la puerta en las narices, Pangloss, Cándido y Martin se encuentran con otro "sabio", un viejo que tomaba el fresco a la puerta de su casa, quien, durante una conversación, les revelará este gran principio que marca la antesala de la moraleja: "el trabajo aleja de nosotros tres grandes males: el hastío, el vicio y la necesidad" (Cap. 30).

Por lo tanto, si el hombre es el causante de los males morales de los que hemos hablado a lo largo de la entrada, sólo el trabajo puede evitarlo, pues el hastío, el vicio y la necesidad son, en parte, causantes de males mayores. 

"Sé también, dijo Cándido, que hemos de cultivar nuestro huerto. -Tenéis razón, dijo Pangloss; por si el hombre fue puesto en el jardín del Edén, lo fue ut operaretur pum, para que lo trabajase; lo cual prueba que el hombre no ha nacido para el descanso. -Trabajemos sin razonar, dijo Martín; es el uncido medio de hacer soportable la vida" (Cap. 30).

Finalmente, ambas filosofías (optimismo y pesimismo, representadas por Pangloss y Martín) convergen en una filosofía aun mayor: frente a los dogmas, a las religiones, a los vicios y a la ambición del hombre, "tenemos que cultivar nuestro huerto". 



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