LA DE BRINGAS: ANTES MUERTA QUE SENCILLA

A Rosalía le gusta vestir en bata de seda cuando está en casa, aunque a su marido, Francisco Bringas, le resulte un tanto pomposo y demasiado artificioso para su condición. Pero Rosalía Pipaón, la de Bringas, es una mujer a la que le gusta el lujo y la vanidad. Se mira al espejo y piensa "yo me lo merezco". Y es que Benito Pérez Galdós supo retratar a la perfección el costumbrismo de una parte de la clase media y de la burguesía española, del despilfarro, de las trampas y las tretas, los engaños y el clasismo. La de Bringas es una novela oscura. Oscura desde el capítulo I que se narra la obra del mausoleo; oscura cuando se describe el "palacio" vertical en el que viven sus protagonistas; oscura en las estancias donde se desarrolla la acción; oscura en la ceguera, física, de Francisco de Bringas y, moral, de Rosalía.
Comenzaré por destacar aquello que más me ha llamado la atención durante la lectura de esta novela: el perfil psicológico de Rosalía, la de Bringas. A continuación mostraré la descripción y psicología de los personajes que conforman un triángulo amoroso (Rosalía, Francisco y Pez), y cómo se representa ésta relación a los ojos de Rosalía:
El quiero y no puedo.
Rosalía (mujer de Francisco de Bringas, un burócrata de palacio) desea lucir como su amiga Milagros, marquesa de Tellerías, una mujer caprichosa, altiva y derrochadora ("nadie en el mundo, ni aun Bringas, tenía sobre la Pipaón ascendente tan grande como Milagros. Aquella mujer autoritaria y algo descortés con los iguales e inferiores, se volvía tímida en presencia de su ídolo, que era su maestro"), quien a lo largo de la novela incitará a la de Bringas a endeudarse en los almacenes Sobrinos hermanos, para luego pedirla un préstamo que no le devolverá, y dar inicio así a la rueda de préstamos, favores, trampas y embustes a la que se verá obligada Rosalía para mantener su estatus, aunque caiga en la mayor de las bajezas, y que el bueno de Francisco permanezca ignorante.
Galdós nos define el perfil de la señora de Bringas en el siguiente párrafo:
"Ella tenia que alternar con las personas de más viso, con títulos y con la misma Reina; y Bringas, no viendo las cosas más que con ojos de miseria, se empeñaba en reducirla al vestido de merino y a cuatro harapos anticuados y feos .../... porque su marido llevaba la cuenta y razón de todo, y hasta el perejil se gastaba en la cocina".
No sólo por su condición social, sino por su porte y hermosura, la de Bringas se merecía una vida acomodada y de opulencia, que, sin embargo, no era a la que el señor Bringas la tenía acostumbrada:
"Al lado de Bringas no había gozado ella ni comodidades, ni representación, ni placeres, ni grandeza, ni lujo, nada de lo que le correspondía por derecho de su hermosura y de su ser genuinamente aristocrático".
Así las cosas, se nos muestra a la señora de Bringas como una mujer ambiciosa, con aspiraciones aristocráticas, clasista, veleidosa y frívola, a la que sólo le importa representar su condición social. Pero, además, con el paso de la novela, se convertirá en una mujer trapacera, maquiavélica y mentirosa. Resultará de gran interés para los lectores, comprobar cómo la señora de Bringas va cayendo en una relajación moral a medida que transcurren los acontecimientos y le acrecen las deudas (al final haré referencia a ello).
Francisco Bringas.
¿Y cómo es Francisco Bringas?. En las anteriores líneas, el autor nos ha dado un ejemplo: "controlaba hasta el perejil que se gastaba en la cocina". Pero no todo se reduce a pensar que Francisco Bringas es un hombre tacaño; no. Su perfil psicológico es más complejo. En la novela se le define de dos formas.
Por un lado como un hombre honesto (en los primeros capítulos):
"era un hombre completo, un ser de elección, bueno y cariñoso, honrado como pocos o como ninguno, hombre que jamás había tenido trapicheos ni tratado con mujerzuelas, ni puesto un duro a una carta, y por fin, de genio tan pacífico, que como no le tocaran a sus presupuestos, se hacía de él lo que se quería".
Pero, por otro lado, a los ojos de Rosalía, se le describe como un hombre vulgar, y nefasto esposo, al que peyorativamente llama "muñeco":
"Vida matrimonial reglamentada, oprimida, compuesta de estrecheces y fingimientos, una comedia doméstica de día y de noche, entre el metódico y rutinario correr de los ochavos y las horas. Ella, sometida a hombre tan vulgar, había llegado a aprender su frío papel y lo representaba como una máquina sin darse cuenta de lo que hacía. Aquel muñeco hízola madre de cuatro hijos, uno de los cuales había muerto en la lactancia. Ella les quería entrañablemente, y gracias a esto, iba creciendo el vivo aprecio que el muñeco había llegado a inspirarle... haciendo su papel con aquella destreza que le habían dado tantos años de hipocresía".
En estas líneas podemos hacernos ya una idea de cómo era el matrimonio Bringas: una farsa (sobre todo para Rosalía). Lo único que le interesaba era el peculio mensual de su esposo. Ya nos lo dice Galdós en la siguiente frase:
"En la mente de la Pipaón, ningún ideal de hombre podía ser completo sin estar bañado en la dorada atmósfera de una nómina".
Vamos a quedarnos pues con esta última acepción: el muñeco; dado que esta entrada tiene por objeto representar a los personajes de la novela a los ojos de Rosalía de Bringas. Y ciertamente, Francisco Bringas, llegado un punto en la novela, se convierte en un muñeco. Cuando la enfermedad llama a su puerta, una inesperada ceguera le convierte en un ser inmóvil, pasivo, sin acción ninguna (un muñeco, vamos). Y sólo puede ser testigo sordo de las artes de trilería que hace su "inocente" mujer con el botín que tiene ahorrado para dar rienda suelta a sus tejemanejes financieros.
Manuel María José Pez
Otro personaje clave en la novela es el señor Pez, que representa todo lo que Francisco Bringas no es para su mujer. Hay una frase que lo resume todo:
"Seguramente, si a ella le hubiera tocado un hombre como Pez, estaría en posición más brillante".
El señor Pez es otro burócrata de palacio, un alto cargo en Hacienda, amigo de Francisco Bringas, a quien le visita con asiduidad. Pez es infeliz en su matrimonio con Carolina, una mujer ultrareligiosa que para nada (según Rosalía) está a la altura que merece su admirado esposo. El autor no nos oculta la adulación secreta que siente Pez por Rosalía. Entre ambos existe una suerte de coqueteo y juego de seducción, del que Rosalía querrá sacar partido al final de la novela.
Veamos cómo es Pez según Rosalía:
"Ese Pez sí que es un hombre. Al lado suyo sí que podría lucir cualquier mujer de entendimiento, de buena presencia, de aristocrático porte. Pero como todo anda trocado, le tocó esa mula rezona de Carolina... ¡Todo al revés!. ¡Oh, Pez!, aquél si que es hombre. Ya sé yo qué mujer le correspondería si las cosas del mundo estuvieran al derecho y cada persona en su sitio. Para tal hombre, una mujer de principios, de mucha labia, señora de finísimos modales, que supiera darle lucimiento luciéndose ella también. ¡Si yo tuviera a mi lado un sujeto semejante...! Pero vaya usted a hacer ministro a Bringas; un hombre que quiere que me vista de hábito y lleve a los niños con alpargatas. ¡Oh, Pez!, si tuvieras por esposa a la mujer que te corresponde".
Galdós nos muestra a Pez como el objeto de la fantasía de Rosalía. Ella se considera merecedora de su condición de esposa; con ella puede pasearse por el Madrid burgués y lucirse decorosamente. Pez es un hombre de finos modales, pudiente y, sobre todo, manipulable.
Sigamos viendo cómo Rosalía le describe:
"Y aquel modo de peinarse, tan sencillo y tan señor al mismo tiempo; aquel discreto uso de fines perfumes, aquella olorosa cartera de cuero de Rusia, aquellos modales finos y aquel hablar pomposo, diciendo las cosas de dos o tres maneras para que queden mejor comprendidas".
A todas luces, a Rosalía lo que le seduce de Pez es lo que Pez representa. No está enamorada de Pez, sino de ella cuando está con él. Y este sentimiento, comienza a notarse con más fuerza a medida que crece en Rosalía el interés en que Pez la rescate financieramente, pues él juraba en repetidas ocasiones que la protegería en cualquier circunstancia aflictiva, y más con la ceguera de Francisco Bringas, a quien ya le habían reducido la nómina a la mitad:
"El día en que no puedo cambiar dos palabras con usted parece que me falta algo, parece que no tienen jugo que beber las raíces de la vida, parece que se seca la savia del ser..."
La pescadora de peces.
En ocasiones, las reflexiones de Rosalía son ambiguas y pueden dar pie a la confusión en el lector. Me voy a explicar. Es constante su queja acerca de que no lleva la vida que se merece, acerca de las restricciones y estrecheces a las que la somete su esposo, y constantes son también sus fantasías hacendosas. Sin embargo, en dos ocasiones en la novela, Rosalía envidia la suerte de los más humildes, de aquellos que no viven endeudados, de los que no entran en la rueda del capitalismo burgués:
"De veras te digo que vale más comer en paz un pedazo de pan con cebolla, que vivir como esa gente, entre grandezas revestidas de agonía.
¡Ay! Cuando entro en mi casa y veo al portero en su cuartito bajo, comiéndose unas sopas de ajo con la portera, ¡me da una envidia!... Quisiera mandarle a mi principal y quedarme yo en la portería, aunque tuviera que barrer el portal todas las mañanas, limpiar los metales y lavar la escalera de arriba abajo...".
Sin embargo, como decía, que no se engañe el lector. Estos remordimientos son pasajeros. En cuanto recupera sus finanzas, vuelve a mirar por encima del hombro a la plebe más mundana (célebre es el pasaje de sus paseos por Madrid).
Como decía, la de Bringas vive atrampada, buscando quién salde sus deudas, temerosa de que su esposo (cada vez más enfermo e inútil) se entere de sus andanzas. Incluso se ve obligada a rebajar su dignidad para pedir prestado a una antigua sirvienta, Refugio, conocida por ejercer la prostitución. Llegados a este punto, la novela da un giro y nos sitúa en el estallido de la revolución de 1868 (la gloriosa). Isabel II huye a Francia y la mayoría de los funcionarios de palacio son destituidos y pierden sus privilegios; entre ellos, como no, la familia de Bringas.
Así las cosas, deben abandonar su casa en las dependencias de palacio, y buscar ventura en otro lugar, pero será algo temporal. Rosalía Pipaón hará propósito de enmienda de sacar a su familia adelante a cualquier precio, y sabe muy bien como hacerlo:
"Hacer propósito de no volver a pescar alimañas de tan poca sustancia, y que se figuraba estar tendiendo sus redes en mares anchos y batidos, por cuyas aguas cruzaban gallardos tiburones, pomposos ballenatos y peces de verdadero fuste".
La suerte de su familia depende de ella y lo hará "contra todos los fueros de la moral y de la economía doméstica", utilizando sus miradas flamígeras y su porte aristocrático; porque ya lo decíamos en el título de esta entrada: antes muerta que sencilla.
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