EL CASTIGO SIN VENGANZA: UNA PROPOSICIÓN INDECENTE
¡El maravilloso teatro barroco!. ¿Qué es el teatro?. Nos lo dice Lope de Vega en estos versos:
"Es la comedia un espejo, en que el necio, el sabio, el viejo, el mozo, el fuerte, el gallardo, el rey, el gobernador, la doncella, la casada, siendo al ejemplo escuchada de la vida y del honor, retrata nuestras costumbres, o livianas o severas, mezclando burlas y veras, donaires y pesadumbres?". (215-225)
Clasificada como una comedia, el castigo sin venganza tiene de cómico lo justo. Es más bien una tragedia o (en el mejor de los casos) tragicomedia contenida, donde destaca sobremanera el romance entre el conde Federico y su madrastra Casandra. No es un romance al uso, jovial, candoroso... no; es un romance prohibido, contenido, tórrido, de enredo y desengaño. Un romance muy barroco.
He titulado esta entrada "una proposición indecente", pues el amor entre estos personajes es, ante todo, indecente, indecoroso, deshonroso. De esto trata la obra: del amor y la honra. Comencemos por conocer primero la psicología de sus protagonistas, y luego entraremos de lleno en el romance, dando cuenta, además, de la figura del duque de Ferrara que será esencial en el desenlace de la tragedia.
Federico, el melancólico.
En anteriores entradas de este blog, hablaba de Hamlet como el estereotipo del ser melancólico. Pues bien, Federico no se queda atrás (salvando las distancias, claro está). Con menos calado que Hamlet, nuestro protagonista masculino también nos comparte interesantes reflexiones que nos recuerdan al príncipe de Dinamarca, donde habla de la vida como sueño, de la muerte redentora y del suicidio.
Veamos algunos ejemplos:
"bien dicen que nuestra vida es sueño, y toda es sueño, pues no sólo dormidos, pero aún estando despiertos, cosas imagina un hombre que al más abrasado enfermo con frenesí no pudieran llegar a su entendimiento" (928-935).
"espero su desgracia, porque quiero ser en todo desdichado; que mi desesperación ha llegado a ser de suerte que solo para la muerte me permite apelación. Y si muriera siquiera poder volver a vivir mil veces, para morir cuantas a vivir volviera. Tal estoy, que no me atrevo ni a vivir ni a morir ya, por ver que el vivir será volver a morir de nuevo. Y si no soy mi homicida, es por ser mi mal tan fuerte, que porque es menos la muerte, me dejo estar con la vida" (1197-1215).
Casandra, la abnegada y soñadora esposa.
Casandra se casa con el duque de Ferrara por orden de su padre. Es su destino, y su papel como consorte será procurarle descendencia al Duque (algo que será controvertido en la obra, ya que supone una desdicha para el conde Federico que se vería desheredado y que, a la postre, servirá de excusa a su noble prima, Aurora, para proponerle al Duque un justo matrimonio con Federico). Sin embargo, en cuanto Casandra conoce a Federico, comienza a romantizar con él; primero, de manera contenida y simbólica, y luego, más adelante, sin freno:
Casandra: "¿qué te parece, Lucrecia, de Federico?" (582-583).
Lucrecia: "Que mas dichosa fueras si se trocara la suerte" (589-590).
Casandra: "Aciertas, Lucrecia, y yerra mi fortuna; mas ya es hecho, porque cuando yo quisiera, fingiendo alguna invención volver a Mantua, estoy cierta que me matara mi padre, y por toda Italia fuera fábula mi desatino; fuera de que no pudiera casarme con Federico; y así, no es justo que vuelva a Mantua, sino que vaya a Ferrara, en que me espera el duque, de cuya libre vida y condición me llevan las nuevas de gran cuidado" (591-606).
Casandra (al Duque): "Para ser de vuestra alteza esclava, gran señor, vengo, que de este título sólo recibe mi casa aumento, mi padre honor y mi patria gloria" (828-832).
El Duque y sus planes de casar a Federico con Aurora.
El duque Ferrera es, sin ambages, un crápula. Acostumbrado a una vida desenfadada y mujeriega, el matrimonio con Casandra lo ve más una obligación, que una dicha:
"yo confieso que he vivido libremente y sin casarme, por no querer sujetarme, y que también parte ha sido pensar que me heredaría Federico, aunque bastardo; mas ya que a Cassandra aguardo, que Mantúa con él me envía todo lo pondré en olvido" (165-173).
Batín: "no hay freno, señor, como casarse" (260).
"Es Federico, Aurora, lo que más mi alma adora, y fue casarme traiciono que hago a mi propio gusto; que mis vasallos han sido quien me han forzado y vencido a darle tanto disgusto" (665-671).
Sin embargo, es un hombre que, por encima de todo, ama a su hijo y le preocupa que éste quede triste y desheredado por el matrimonio con Casandra (ajeno, obviamente, a los sentimientos del joven). Por esta razón atiende la petición de su sobrina Aurora de contraer nupcias con Federico:
Aurora: "Dísteme por hermano a Federico, mi primo en la crianza, a cuya siempre honesta confianza con dulce trato honesto amor aplico ... siendo yo suya y Federico mío; ... no hay en Italia agora casamiento más igual a sus prendas y a su estado ... si le casas conmigo, estás seguro de que no se entristezca de que Casandra sucesión te ofrezca, sirviendo yo de su defensa y muro" (712-733).
Duque: "Mi vida y honra aseguras; y así, te prometo al conde, si a tu honesto amor responde la fe con que le procuras" (744-747).
El romance entre Federico y Casandra.
Fortuitamente, Federico rescata a Cassandra de las arenas del río. La sostiene en brazos y la pone a salvo. Momento en el que ambos entablan la siguiente conversación:
Federico: "Señora ... decidme qué sois. ... Yo soy Cassandra, ya de Ferrara duquesa, hija del duque de Mantúa" (363-370).
Cassandra: "Decidme, señor, quién sois, aunque ya vuestra presencia lo generoso asegura y lo valeroso muestra ... Mirad que soy vuestro hijo" (388-403).
Cassandra: "El habla, el proceder a la persona conforma, hijo y mi señor, de forma que muestra en lo que habéis hecho cuál es el alma del pecho que tan gran sujeto informa. Dicha ha sido haber errado el camino que seguí, pues más presto os conocí por yerro tan acertado ... así fue mi error la noche, mar el río, nave el coche, yo el piloto, y vos mi estrella. Madre os seré desde hoy, señor conde Federico, y de este nombre os suplico que me honréis ... que me da más regocijo teneros a vos por hijo, que ser duquesa en Ferrara" (473-497).
Federico: "Hoy el duque mi señor en dos divide mi ser, que del cuerpo pudo hacer que mi ser primero fuese, para que el alma debiese a mi segundo nacer. De estos nacimientos dos lleváis, señora, la palma; que para nacer con alma, hoy quiero nacer de vos ... si conocerlo os debo, vos me habéis hecho de nuevo; que yo sin alma vivía ... pues que de vos nacer quiero, que soy el hijo primero que el duque de vos espera" (502-521).
Véase cómo, a pesar de reconocerse ambos como madrastra e hijo, y jugando con esta condición, entre ellos surge al instante una pasión comedida. Se profesan bellas y sutiles palabras como "vos mi estrella" o "mas regocijo teneros a vos por hijo, que ser duquesa", de Casandra a Federico, y "hoy quiero nacer de vos" o "vos me habéis hecho de nuevo", a la inversa. El lector siente que las flechas de Cupido han alcanzado por igual a Federico y Casandra. ¿A dónde les llevará este amor prohibido?.
Cada vez que los jóvenes se ven, avivan las brasas del amor:
Federico: "sea mi voluntad, señora, reconoceros; que la que sale del alma sin fuerza de gusto ajeno, es verdadera obediencia" (884-886).
Casandra: "De tan obediente cuello sean cadena mis brazos" (887-888).
Y Federico comienza a desesperarse, a sentir incluso celos del Duque:
"Con ser imposible, llego a estar envidioso de él ... Con eso puedo morir de imposible amor y tener posibles celos" (988-994).
Celos que serán también extensivos a Casandra, cuando se entere de los planes del Duque de casar a Federico con Aurora: "Quíteme el duque mil vidas, pero no te has de casar" (2289-2890).
La tensión sexual entre Federico y Casandra se mantiene a lo largo de la obra:
Casandra: "Aquí están mis brazos. ¿Qué tienes?. ¿Qué has visto en mí?. Parece que estás temblando. ¿Sabes ya lo que te quiero?" (1303-1306).
Federico: "El haberlo adivinado, el alma lo dijo al pecho, el pecho al rostro, causando el sentimiento que miras ... Fénix, poned a tanta llama descanso" (1307-1319).
Casandra: "De suerte que lo que pienso de tu tristeza y recato es porque el duque, tu padre, se casó conmigo ... Y siendo así que yo causo tu desasosiego y pena, desde aquí te desengaño, que puedes estar seguro de que no tendrás hermanos" (1332-1343).
Federico: "no procede mi tristeza de interés ... sabe, señora, que paso una vida la más triste que se cuenta del hombre humano desde que Amor en el mundo puso las flechas al arco. Yo me muero sin remedio, mi vida se va acabando, como vela, poco a poco, y ruego a la muerte en vano que no aguarde a que la cera llegue al último desmayo ..." (1408-1421).
Casandra, por su parte, sospecha -con acierto- que es ella el motivo de la tristeza de Federico y, para sus pensamientos, desea se haga posible lo incierto:
"Cuando a imaginar me inclino que soy lo que quiere el conde, el mismo engaño responde que lo imposible imagino. Luego mi fatal destino me ofrece mi casamiento, y en lo que siento, consiento; que no hay tan grande imposible que no le juzguen visible los ojos del pensamiento ... Los imposibles parecen fáciles, y yo, engañada, ya pienso que estoy vengada; mas siendo error tan injusto a la sombra de mi gusto estoy mirando su espada". (1552-1571).
Sin embargo, los enamorados no son aún amantes, pues sus deseos no han transcendido la esfera del pensamiento por miedo a cometer una deshonra, si bien Casandra, por gusto, tomaría a Federico por esposo y Federico a Casandra:
Federico: "¿Qué buscas, imposible pensamiento? ... ¿Qué me incitas? ... ¿Por qué la vida sin razón me quitas? ... Sólo tú naciste de mis ojos, para ser imposible eternamente" (1797-1810).
Casandra: "Entre agravios y venganzas anda solícito Amor después de tantas mudanza, sembrando contra mi honor mal nacidas esperanzas. En cosas inaccesibles quiere poner fundamentos, como si fueran visibles; que no puede haber contentos fundado en imposibles ... Al galán conde y discreto, y su hijo, ya permito para mi venganza efecto, pues para tanto delito conviene tanto secreto" (1811-1830).
En uno de sus encuentros, Casandra, con gran sutiliza, al fin, le saca al conde la confesión de ser ella la razón de su mal de amores, poniéndole como ejemplo el caso de Antíoco (enamorado de su madrastra): "no niegues, conde, que yo he visto lo mismo en ti" (1906-1907). Ante lo cual, Federico responde haciendo uno de los más bellos alegatos de la obra, que comienza así:
"En fin, señora, me veo sin mi, sin vos y sin Dios. Sin Dios, por lo que os deseo; sin mí, porque estoy sin vos; sin vos, porque no os poseo" (1916-1920).
Y llegamos al final de la segunda jornada, con un discurso sobre el amor y la muerte, siendo esta una relación constante en la dialéctica de los jóvenes, quienes se resisten a dar el siguiente paso y, con gran resignación, ante un amor imposible, desean entregarse a los brazos de la muerte:
Casandra: "Yo voy muriendo por ti".
Federico: "Yo no, porque ya voy muerto".
Casandra: "Conde, tú serás mi muerte".
Federico: "Y yo aunque muerto, estoy tal, que me alegro, con perderte, que sea el alma inmortal, por no dejar de quererte" (2024-2030).
El desenlace trágico.
Casandra y Federico no podrán resistirse más al magnetismo de su amor, pero la noticia del regreso del duque de Ferrara (de contienda bélica) frustrará su romance; y, nuevamente, aparece esa dialéctica, tan interesante y constante durante la obra, entre amor y muerte:
Casandra: "Yo pierdo, conde, el sentido".
Federico: "Yo no, porque le he perdido".
Casandra: "Sin alma estoy".
Federico: "Yo sin vida".
Casandra: "¿Qué habemos de hacer?".
Federico: "Morir".
Casandra: "¿No hay otro remedio?".
Federico: "No; porque en perdiéndote yo, ¿para qué quiero vivir?" (2263-2268).
El duque, por su parte, aparecerá renovado; como si su viaje le hubiese expiado los pecados de su vida licenciosa:
"Ya no hay damas, ya no hay cenas, ya no hay broqueles, ni espadas, ya solamente se acuerda de Casandra, ni hay amor más que el conde y la duquesa. El duque es un santo ya". (2358-2363).
Estando el Duque en palacio, le entregan una misteriosa carta que reza así:
"Señor, mirad por vuestra casa atento; que el conde y la duquesa en vuestra ausencia... ofende con infame atrevimiento vuestra cama y honor" (2485-2490).
Aparece entonces el desengaño barroco y con el, la afrenta: "¿que el honor me están quitando? ... ¿Casandra me ha de ofender? ... ¡Oh, traidor hijo! ¿Si ha sido verdad?" (2495-2525).
El duque utilizará la argucia del matrimonio de Federico con Aurora, para darle celos a Casandra, enfrentar a ambos y que terminen por confesar su amor:
"No es menester más testigo. Confesaron de una vez. Prevenid, pues sois juez, honra, sentencia y castigo ... y no es bien que hombre nacido sepa que yo estoy sin honra, siendo enterrar la deshonra como no haberla tenido. Que aunque parece defensa de la hora el desagravio, no deja de ser agravio cuando se sabe la ofensa" (2746-2760).
La deshora sólo puede limpiarse con sangre; en este caso, con su propia sangre, la de su hijo. Pero el Duque sabe lo difícil de esta empresa: "dar muerte a un hijo, qué corazón no desmaya?" (2869-2870). Sin embargo, se le ocurrirá una fórmula para castigar sin venganza:
"Éste ha de ser castigo vuestro no más, porque valga para que perdona el cielo el rigor por la templanza. Seré padre, y no marido, dando la justicia santa a un pecado sin vergüenza un castigo sin venganza" (2843-2850).
El Duque hará que el mismo Federico mate a Casandra, pensado que es un prisionero, y, una vez descubierto el asesinato, hará que ajusticien a su hijo por tal vil crimen, motivado, supuestamente, por el hecho de que Casandra está embarazada y deja por tanto al victimario sin herencia.
Y así termina esa proposición indecente, ese amor prohibido, esa gran afrenta. Donde al final, prima el honor frente al amor.

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