GARCILASO: EL CAZADOR DE BELLEZA




Oh belleza. Oh castigo de los dioses. Yo sólo te contemplo. Sin más tregua ni deseo que tú, Belleza. Es tu mano que mi puerta toca. No abro. No quiere sucumbir este asceta. No quiere tocarte este cazador. Sólo te contemplo desde el destierro, en mi atalaya. Pues sólo la distancia, te hace bella.

-Kaonashi Kitsune-



He titulado esta entrada "Garcilaso: el cazador de belleza", pues después de tener una iniciática aproximación a la obra de este ilustre poeta renacentista, he podido identificar, a la luz de sus palabras, las primeras señales acerca de que el “príncipe de los poetas” era ante todo un amante de la innominada belleza femenina.


“¡Oh hermosura sobre el ser humano!

¡Oh claros ojos! ¡Oh cabellos de oro!

¡Oh cuello de marfil! ¡Oh blanca mano!”

(Égloga II)


Quizás traído por la influencia de Petrarca, el poeta canta al amor; un amor idealizado e inalcanzable, pues entre el poeta y la amada siempre hay una distancia velada que impide al amante consumar su pasión. Como veremos más adelante, el amante termina (por diversas razones) despojado de esa belleza, queriendo entonces llevar su amor a un plano ultraterrenal, transformando el canto en lamento.


“La cabeza oro fino, y nieve el rostro.

Astros los ojos, de ébano las cejas,

de donde amor tendría arco certero”.

(Petrarca. Soneto CXXIV).




Garcilaso idealiza el amor con sutileza y dulzura, sumerge al lector en un juego plástico y rítmico, sustituyendo el orden lógico y gramatical de las palabras (hipérbaton), armonizando estructuras, logrando además que el paisaje sea un perfecto espejo del ánimo del poeta, y que pasión y naturaleza se mimeticen, encajando como piezas de un mismo puzzle, en mitad de hermosas referencias a la mitología clásica (Dafne y Apolo, Venus y Adonis, Orfeo y Eurídice). Buen ejemplo de ello es su Égloga III:


Cerca del Tajo en soledad amena,

De verdes sauces hay una espesura,

Toda de hiedra revestida y llena,

Que por el tronco va hasta el altura,

Y así la teje arriba y encadena,

Que el sol no halla paso a la verdura;

El agua baña el prado, con sonido

Alegrando la vista y el oído.

Con tanta mansedumbre el cristalino

Tajo en aquella parte caminaba,

Que pudieran lo ojos el camino

Determinar apenas que llevaba.

Peinando sus cabellos de oro fino,

Una ninfa, del agua, do moraba,

La cabeza sacó, y el prado ameno

Vido de flores y de sombras lleno”.




Con la lectura de sus obras completas, me encuentro ahora inmerso y apunto (con temor de quedarme corto) aquellos trazos que para mi entendimiento representan las principales características de un “cazador de belleza”. 



Un cazador de belleza vive por y para su amada.


Para así evidenciarlo no hay mejor ejemplo que su Soneto V


“Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma misma os quiero.

cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir y por vos muero”.


El primer verso es más que significativo. El poeta sentencia de manera asertiva cuál es su sino. Vemos que Vida (por vos tengo la vida) y Muerte (por vos he de morir) confluyen en la figura de la amada (no importa quién es, pues la amada es idealizada); por tanto, la existencia del poeta sólo tiene sentido y misión en ese abnegado acto de amar, pues mientras está amando, está respirando. 


Pero no olvidemos que es la belleza de la amada lo que subyace en la pasión del poeta. Si la amada no es bella, no es amada. Existe en el poeta una pulsión escópica; su mirada subjetiva determina el goce o la dicha. Su belleza condiciona, sin lugar a dudas, el estado de ánimo del observador.


"Nadie puede ser dichoso señora, ni desdichado,

sino que os haya mirado".

(Canción en verso corto).



En la Elegía II volvemos a observar que el poeta está destinado ineludiblemente a amar; solo la “ausencia sin término infinita” puede hacer que su pasión se apacigüe; pero esto no es posible, porque la vida es finita. Estos versos así lo representan:


"Yo sólo fuera voy de aqueste cuento;

porque el amor me aflige y me atormenta,

y en la ausencia crece el mal que siento;

y pienso yo que la razón consienta

y permita la causa deste efeto,

que á mi solo entre todos se presenta;

porque, como del cielo yo sujeto

estaba eternamente y deputado

al amoroso fuego en que me meto, 

así para poder ser acatado,

el ausencia sin término infinita

deber ser, y sin tiempo limitado;

lo cual no habrá razón que lo permita;

porque, por más y más que ausencia dura,

con la vida se acaba, que es finita".


Otro ejemplo de este amor ineludible, de esa dependencia vital de la belleza, la encontramos en el Soneto XVIII:


“Si a vuestra voluntad yo soy de cera,

y por sol tengo sólo vuestra vista.

la cual á quien no inflama ó no conquista 

con su mirar, es de sentido fuera;

de do viene un cosa, que si fuera 

menos veces de mi probada y vista, 

según parece que á razón resista,

á mi sentido mismo no creyera,

y es, que yo soy de lejos inflamado 

de vuestra ardiente vista, y encendido 

tanto, que en vida me sostengo apenas.

Más si de cerca soy acontecido

de vuestros ojos, luego siento helado

cuajárseme la sangre por las venas”.


Nuevamente la mirada de la amada (esa mirada escópica) condiciona el ánimo del poeta, comparando a la amada con el sol de sus ojos, por cuyos ojos (los de ella, “ardiente vista”) siente cuajarse la sangre.


En esta primera característica del cazador de belleza queda palmaria la divinidad de la amada, cuya existencia condiciona la del poeta, quien, de manera enfermiza no puede deshacerse de la pulsión que representa la belleza femenina hasta el punto (como veremos) de tener un final trágico.



Un cazador de belleza no puede deshacerse de su fijación.


Hablábamos antes de que el poeta vive por y para su amada, y que la mirada del poeta se convierte en una fijación gozosa; pues bien, en los siguientes versos veremos que esa fijación es ineludible e inevitable. Se encuentra anudada al poeta y le acompaña sin remedio ni descanso hasta el fin de sus días.



"Aquella voluntad honesta y pura,

ilustre y hermosísima María,

que en mí de celebrar tu hermosura,

tu ingenio y tu valor estar solía,

a despecho y pesar de la ventura

que por otro camino me desvía.

está y estará en mí tanto clavada,

cuando del cuerpo el alma acompañada".

(Égloga III).


En estos versos, Garcilaso sentencia que el amor que siente por las virtudes de la amada (la hermosura, el ingenio, el valor), a pesar de todas las adversidades, estará ligado al poeta como el cuerpo al alma. Y, como ya dijimos anteriormente (y próximo nos adentraremos), este amor incondicional y atemporal es (y será) objeto de mucho sufrimiento por parte del poeta.


“Mas ¿qué haré, señora,

en tanta desventura?

¿Adónde iré, si á vos no voy con ella?

¿De quién podré yo agora

valerme en mi tristura,

si en vos no halla abrigo mi querella?.”

(Canción segunda).




Para un cazador de belleza, la belleza es efímera. 


Garcilaso no es el primer poeta que canta al collige, virgo, rosa; ya lo hicieron antes Bernardo Tasso y Pietro Bembo, pero Garcilaso, a pesar de copiar la estructura poética de sus predecesores, en su soneto XXIII, nos presenta el tema con mayor delicadeza. Su musicalidad es más dulce que la de los italianos y su estrofa tiene un efecto totalizador, una fisonomía más poética.


“En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

Y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena;

Coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre”.

(Soneto XXIII).


Comparado con los poemas de Tasso y Bembo, el lenguaje de Garcilaso es más cálido, amoroso y florido. Por ejemplo, Tasso emplea términos más duros, más áridos musicalmente como “yerro”, “frente”, “ardiente” y “exorna”, donde predomina mucho la erre para cerrar sus primeros versos. Igualmente, Tasso es más abrupto a la hora de apelar a las jovencitas (“necias”) y el empleo final del adverbio “rápidamente” sonoramente es una colisión a la armonía del poema. Por su parte, Bembo, a mi juicio, abusa fonéticamente de la conjunción “y” para encadenar sílabas, lo que le resta ritmo: “oro y ámbar”, “terso y puro”, “flota y vuela”, “rubíes y perlas”, “honradez y hermosura”. Como decía antes, la musicalidad de Garcilaso es más dulce, denota mayor sensibilidad en el empleo de los términos y se ajusta más a la metafora.




Un cazador de belleza tiene el corazón herido


Del gozo de la contemplación o, mejor dicho, de la veneración de la amada, pasamos al lamento. Se introduce en la lírica de Garcilaso un importante ingrediente trágico. Los mejores ejemplos los encontramos en los pasajes bucólicos de la Egloga I, cuando los pastores Salicio y Nemoroso se lamentan (con el celebrado oxímoron “dulce lamentar”); el uno por el desdén y la frialdad de su amada Galatea y el otro, por la muerte de su amada Elisa. En ambos casos, la pérdida de la amada representa a la vez la pérdida de la belleza, y en ella subyace otro sentimiento presente en el poemario de Garcilaso: el dolor por la soledad. 


"Estoy muriendo, y aún la vida temo; 

témola con razón, pues tú me dejas;

que no hay, sin ti, el vivir para qué sea". 

.../...

"siempre está en llanto esta ánima mesquina,

cuando la sombra el mundo va cubriendo

o la luz se avecina."

(Soliloquio de Salicio).



"¿Quién me dijera, Elisa, vida mía, 

cuando en aqueste valle al fresco viento

andábamos cogiendo tiernas flores,

que había de ver con largo apartamiento

venir el triste y solitario día

que diese amargo fin a mis amores?".

.../...

"Como al partir del sol la sombra crece,

y en cayendo su rayo se levanta

la negra oscuridad que el mundo cubre,

de do viene el temor que nos espanta,

y la medrosa forma en que se ofrece

aquella que la noche nos encubre,

hasta que el sol descubre

su luz pura y hermosa;

tal es la tenebrosa 

noche de tu partir, en que he quedado

de sombra y de temor atormentado,

hasta que muerte el tiempo determine

que á ver el deseado

sol de clara vista me encamine".

.../...

"Mas luego á la memoria se me ofrece 

aquella noche tenebrosa, oscura,

que tanto aflige esta ánima mesquina 

con la memoria de mi desventura".

(Soliloquio de Nemoroso).



El estoicismo del cazador de belleza.


Ya hemos visto cómo Salicio, abandonado y solo, se lamenta por su suerte y se abandona a la muerte, pero aun así quiere hacerlo con estoicismo:


"Salid sin duelo, lágrimas, corriendo".

(Égloba I).


Aquella mujer de "dulce habla", "claros ojos" y "hermosos brazos" ya no está a su lado, ya no puede contemplar su belleza. Se ha escapado como un destello en la noche. El pastor (el poeta) no puede en cambio reprimir sus emociones. Lejos de la ataraxia, irrumpe el miedo a la soledad, y con él, la pasión maligna del reproche por el amor no correspondido hasta el punto de reclamar justicia:


"¿Y tú, desta mi vida ya olvidada,

sin mostrar un pequeño sentimiento

de que por ti Salicio triste muera,

dejas llevar, desconocida, al viento

el amor y la fe que se guardada 

eternamiente solo a mi debiera?

¡Oh Dios! ¿Por qué siquiera, 

pues ves desde tu altura

esta falsa perjura

causar la muerte de un estrecho amigo,

no recibe del cielo algún castigo?

Si en pago del amor yo estoy muriendo,

¿qué hará el enemigo?"


Y continúa:


".../...¡Ay, cuánto me engañaba!

¡Ay, cuán diferente era

y cuán de otra manera

lo que en tu falso pecho se escondía!".



El dolor del cazador de belleza.


Siguiendo con la Égloga I, el pastor Salicio ha sido herido de muerte por la bala de la infidelidad, al ver anudados los brazos de la amada en otro cuello, el de un "lobo hambriento". Garcilaso nos trae entonces una hermosa estrofa para dimensionarnos el calibre de la tragedia donde el dolor domina sobre la materia. Esta es la mejor representación de la pérdida de la belleza:


"Con mi llorar la piedras enternecen 

su natural dureza y la quebrantan,

los árboles parece que se inclinan,

las aves que me escuchan, cuando cantan,

con diferente voz se condolecen,

y mi morir cantando me adivinan".

(Égloga I).


Este lamento (sin consuelo) lo vemos repetido a lo largo de la obra de Garcilaso  (“la voz del que llora por perdidoSoneto XV).



 “y cómo por ti sola, 

y por tu gran valor y hermosura,

convertida en viola,

llora su desventura

el miserable amante en su figura”.

Canción V.


 “mis lágrimas han sido derramadas

donde la sequedad y la aspereza

dieron mal fruto dellas y mi suerte.

basten las que por vos tengo lloradas.

no os venguéis más de mí con mi flaqueza;

allá os vengad, señora, con mi muerte”.

Soneto II.


“Estoy contino en lágrimas bañado,

rompiendo el aire siempre con sospiros;

y más me duele nunca osar deciros

que he llegado por vos a tal estado,

.../...

y sobre todo, fáltame la lumbre

de la esperanza, con que andar solía

por la escura región de vuestro olvido”.

Soneto XXXII.



El poeta queda, inexorablemente, a voluntad de su amada, a cuyos pies le lleva su propia muerte, como si se tratara de un último tributo. Es la muerte por la amada, como decíamos al comienzo de esta entrada, un tema retórico en la lírica de Garcilaso.


“Allá os iría á buscar, como perdido,

Hasta morir a vuestros pies tendido.

.../...

yo estoy aquí tendido,

mostrándoos mi muerte las señales,

y vos viviendo sólo de mis males”.

(Canción I).


En definitiva, para un cazador de belleza, la belleza es inalcanzable, no se puede poseer; de ahí su castigo y de ahí su razón de ser. Sólo queda cantar a la contemplación, sólo queda cantar al lamento.  

"El bien es el principio de la belleza" - Plotino.

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