EL COLOQUIO DE LOS PERROS: NADA ES LO QUE PARECE



Leyendo a Cervantes, nada es lo que parece. Y esta novela es un claro ejemplo. Comencemos por decir que el coloquio de los perros no puede entenderse sin el casamiento engañoso. Algunos dicen que son novelas independientes; otros, que son parte de la misma obra. En realidad, leyendo ambas, tienes la sensación de estar ante una lectura circular. El casamiento engañoso comienza con la conversación entre el alférez Campuzano y el licenciado Peralta, y el coloquio de los perros termina de la misma manera. Cervantes nos enmarca así el tema principal (la sorprendente conversación entre dos perros) en un contexto que ahora analizaremos, pues, en cierta forma, condiciona y predispone al lector a enfrentarse a un hecho inusitado. 

El contexto o marco del coloquio.

Cervantes nos cuenta, en el casamiento engañoso, que el alférez Campuzano ha presenciado una conversación nocturna protagonizada por dos perros durante su estancia en el hospital de la Resurrección. Por lo tanto, el lector no se encuentra -en crudo- con el hecho de que dos perros estén hablando (como así comienza "el coloquio de los perros"), sino que antes conocemos que alguien lo ha presenciado, y ese alguien (Campuzano), a su vez, se lo narra a otra persona (Peralta) a través de lo que ha escrito fielmente sobre la crónica de los hechos (si es que sus sentidos no le han engañado; cuestión que siempre subyace durante la lectura). Por lo tanto, como digo, el lector no comienza a leer directamente que dos perros están hablando, sino que Cervantes, primero, "anestesia" al lector introduciendo una serie de filtros que edulcoran lo que supuestamente va a leer. De esta manera, el lector podrá cuestionarse si Campuzano estaba bajo los efectos de la fiebre cuando dice que escuchó hablar a dos perros, o si Peralta nos está leyendo bien el texto de Campuzano o si lo está mal interpretando o si, por sí mismo, nos está contando otra cosa. No olvidemos, en este punto, quién es el autor del texto en cuestión: el alférez Campuzano, un pícaro soldado que se esposó con una doncella, sirviéndose de embustes, y resultó ser una sirvienta (nada es lo que parece).

Por su parte, el licenciado Peralta es el contrapunto a Campuzano; y es curioso que este juego de contrapesos también lo utiliza Cervantes propiamente en el coloquio de los perros, pues el perro Cipión ejerce en muchas ocasiones de contrapunto frente al crédulo perro Berganza. De esta manera -considero- Cervantes nos ofrece una novela siempre en equilibrio.

Veamos un ejemplo de la incredulidad del licenciado Peralta ante la historia de los perros, que puede condicionar al lector antes de conocerla:

"Por amor De Dios, señor Alférez, que no cuente estos disparates a persona alguna, si ya no fuere a quien sea tan su amigo como yo .../... Como vuesa merced no se canse más de persuadirme que oyó hablar a los perros, de muy buena gana oiré ese coloquio, que por ser escrito y notado del buen ingenio del Señor Alférez, ya lo juzgo por bueno".

Los perros.

El coloquio comienza así:                  

"-Berganza, amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de la confianza y retirémonos a esta soledad y entre estas esteras, donde podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el cielo en un mismo punto a los dos nos ha hecho.

-Cipión hermano, óyete hablar y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza".

Vemos cómo los perros se sorprenden de su repentino don, por lo que Cervantes nos constriñe en los límites del escepticismo. Se sorprenden porque ellos mismos saben, como es natural, que los animales no hablan. ¿Entonces, estamos ante un milagro o ante una burla?. ¡Dos perros que hablan!. 

El propio Cipión da cuenta de su excepcionalidad, y apunta:

"No sabemos cuánto durará esta nuestra ventura, sepamos aprovecharnos della y hablemos toda esta noche, sin dar lugar al sueño que nos impida este gusto, de por mí por largos tiempos deseados".

Quizás el lector comience -como decía anteriormente- con la misma incredulidad con la que el Licenciado Peralta comienza a leer la novela, pero, pronto, se encargará Cervantes de introducirnos un argumento que le dará verosimilitud a la asombrosa conversación de los canes. Esto va a hacer que, nuevamente, nada sea lo que parece, pues el lector podrá escoger entre creer o no creer la historia de que dos animales pueden hablar (incluso filosofar) cual personas.

Cipión y Berganza.

Aunque solo conoceremos la historia de Berganza, Cervantes nos da a conocer la personalidad de ambos. Berganza es un perro que ha pasado a servir de amo en amo, como una falsa moneda, hasta que llega al Hospital. Y comienza a narrar sus peripecias con sus diferentes dueños con la inocencia propia de un niño (esta comparación no es baladí). Es Cipión quien corrige, apunta, subraya o contradice a Berganza durante sus narraciones, con el contrapunto de la sensatez, la lógica y la moral.

Veamos algunos ejemplos:

Berganza cuenta que su primer amo (un matarife de Sevilla) le adiestró para llevar una cesta en la boca, cuando una "moza hermosa en extremo" se la arrebata. El perro dice: "bien pudiera yo volver a quitar lo que me quitó, pero no quise, por no poner mi boca jifera y sucia en aquellas manos limpias y blancas". 

Y Cipión apunta: "hiciste muy bien, por ser prerrogativa de la hermosura que siempre se le tenga respeto".

¡Los perros no sólo hablan, sino que admiran y respetan la belleza femenina (femenina humana)!.

Luego Berganza comparte con Cipión que, estando al servicio de unos pastores, descubre que no había (como él creía)  lobo alguno que atacara al rebaño, sino que eran los propios pastores: "pásmeme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos, y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar". 

Y Cipión sentencia: "Y decías muy bien, Berganza, porque no hay mayor ni mas sotil ladrón que el doméstico, y así, mueren más de los confiados que de los recatados". 

O cuando Berganza recuerda que fue a la escuela estando al servicio de un mercader, a cuyos hijos acompañaba llevándoles en la boca el vademecum, y hablando sobre la llaneza con la que su amo iba a la Lonja, Cipión le aclara que: "has de saber, Berganza, que es costumbre y condición de los mercaderes de Sevilla mostrar su autoridad y riqueza, no en sus personas, sino en la de sus hijos; porque los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos". Berganza responde: "ambición es, pero ambición generosa, la de aquel que pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero". Y  Cipión, finalmente, remata: "pocas o ninguna vez se cumple con la ambición que no sea con daño a tercero". 

Antes apuntaba que los perros no sólo hablan, sino que reflexionan como si fueran filósofos (bueno, más bien el filósofo es Cipión, quien en ocasiones aclara que murmurar no es filosofar). Sirva este ejemplo:

-Berganza: "Primero te quiero rogar me digas, si es que lo sabes, qué quiere decir filosofía; que aunque yo la nombro, no sé lo que es; sólo me doy a entender que es cosa buena".

-Cipión: "Con brevedad te lo diré. Este nombre se compone de dos nombres griegos, que son filos y sofía; filos quiere decir amor, y sofía, la ciencia; así que filosofía significa amor de la ciencia, y filósofo, amador de la ciencia."

-Berganza: "Mucho sabes, Cipión. ¿Quién diablos te enseñó a ti nombres griegos?".

-Cipión: "... estas son cosas que las saben los niños de la escuela". 

Estos son algunos ejemplos que el lector puede encontrar a lo largo de la novela, donde el perro Cipión puntualiza o matiza observaciones del perro Berganza, cuando hablan de moral, de vicios o de conductas indecorosas (como la codicia, la envidia, el embuste, la insolencia o la ociosidad) personificadas en los diferentes personajes que componen el crisol de amos de los que da cuenta Berganza. 

Los niños-perro.

A comienzos de la novela, el perro Berganza dice algo que no debe pasar desapercibido para el lector, cuando responde a Cipión sobre el carácter sobrenatural de lo que está sucediendo:

-Berganza: "Eso fuera ansí si yo estuviera en mi primera ignorancia; más ahora que me ha venido a la memoria lo que te había de haber dicho al principio de nuestra plática, no sólo no me maravillo de lo que hablo, pero espantándome de lo que dejo de hablar .../... es un cierta historia que me pasó con una grande hechicera...".

Por lo tanto, parece que el perro Berganza no se asombra tanto de que pueda hablar, pues dice "si yo estuviera en mi primera ignorancia". Y más adelante, ciertamente, nos narra su encuentro con la hechicera Cañizares, quien le revela un gran secreto: en realidad el perro Berganza y su hermano Cipión son humanos. Hijos de otra hechicera (Montiela), nacieron niños, y fueron transformados en perros por obra de la maestra hechicera Camacha de Montilla.

Este episodio supone un punto de giro que hace cuestionarnos si tales hechos son ciertos. Pudiera ser que, por acto de brujería, dos niños fueran transformados en animal. ¿Por qué no?. ¿Acaso la brujería no existe por obra del diablo?. No olvidemos que en el siglo XVII la inquisición española creía en la brujería, habida cuenta de que era perseguida y severamente castigada. Quizás para el lector del siglo XX siga siendo una ficción, pero no para un lector de hace cuatrocientos años. De nuevo, nada es lo que parece.

¿Estará diciendo la verdad la bruja Cañizares?. Al igual que el alférez Campuzano, es una narradora de dudosa credibilidad. Si Campuzano nos cuenta una historia (los dos perros que hablan), Cañizares nos cuenta otra historia dentro de la historia (los niños transformados en perro). Existe, por tanto, un paralelismo en la figura del narrador. En ambos casos es un narrador poco creíble o al menos de dudosa reputación. Véase como más adelante, la hechicera Cañizares dice: "soy bruja y cubro con la capa de la hipocresía todas mis muchas faltas". De nuevo, Cervantes muestra cierta ambigüedad en la narración para que el lector decida qué creer. 

La crítica social.

Cervantes dibuja, en el coloquio de los perros, una ácida crítica a los estereotipos y costumbres de la época. Esto no es nada nuevo. Hay mucha literatura escrita en torno a la mezquindad de ciertos personajes, como los moriscos, o a la falta de arraigo de los gitanos. La novela nos describe además a poetas, comerciantes, alquimistas o matemáticos, entre otros, y lo que de ellos se pensaba en la época. En este sentido, no voy a aportar más de lo que se haya dicho antes, tan sólo la sutileza con la que nos lo muestra Cervantes, esto es, narrado por un perro (algo impensable para la época); lo que hace que sea menos mordaz y más velado que si lo narra un personaje de carne y hueso.

La tela de araña.

Si tengo que destacar algo de la lectura de el coloquio de los perros, es la tela de araña que teje Cervantes, sirviéndose de personajes pintorescos y asombrosos para seducir al lector, y contar historias dentro de otras historias (historias de realismo mágico), con giros y contrapuntos que invitan a cuestionarnos el texto desde muchos puntos de vista. He querido tender un paralelismo entre Campuzano y Benganza, y Peralta y Cipión. Quizás Campuzano, cuando escribe la crónica de los perros, no pretende más que personificar su figura y la de su amigo en dos canes con los que comparten personalidad, pues Campuzano y Berganza son crédulos e inocentes, y Peralta y Cipión, escépticos y astutos. Quizás representan cada uno, en su estirpe, la tipología del español del siglo XVII. Como decía al comienzo de esta entrada, una novela redonda.


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