ARTÍCULOS DE LARRA: CRÓNICA DE UNA ÉPOCA

Un escritor es un observador de la realidad. Larra decía que "la literatura es la expresión, el termómetro verdadero del estado de la civilización de un pueblo". Y añade: "la palabra, hablada o escrita, no es más que la representación de las ideas, es decir, de ese mismo progreso".
Larra no sólo era un escritor romántico, sino también costumbrista, pero ¡ojo!, un costumbrista crítico. En esta entrada, analizaré tres artículos de Mariano José de Larra que reflejan el pensamiento de un escritor que, como buen romántico, puso fin a su vida siguiendo el ejemplo del joven Werther.
Las palabras (8 de mayo de 1834).
Comenzaré por el final. Larra nos dice "bienaventurados los que no hablan, porque ellos se entienden". ¿Por qué concluye así Larra su artículo?. ¿Cuál es la moraleja?. El hombre a diferencia de los animales, habla. Pero, ¿esto le hace ser superior?. La palabra puede ser motivo de su desdicha porque la palabra etiqueta las cosas, las clasifica; unas las acerca, otras las aleja, las vuelve inalcanzables; y entonces, es cuando el hombre se vuelve infeliz. En la Naturaleza, en el mundo salvaje, los animales se entienden porque no necesitan creer en nada. Aceptan la realidad como es: cazan y comen. Todo es simple.
Pero en cuanto llega la palabra, el mundo se llena de ideas y de creencias. Y lo peor de todo, la palabra, dice Larra, es un instrumento para manejar a los hombres. ¿Es por este motivo el hombre malo por naturaleza?. Personalmente, opino que no. No opino como Hobbes, que el hombre sea un lobo para el hombre, pero sí coincido con Larra en que la palabra es un arma potente, de gran calado; que las palabras nos alejan o nos acercan a la realidad que, en definitiva, nos pueden manipular porque (y esto es importante) con las palabras pueden crearse ilusiones, fantasías, quimeras, ideas o creencias con las que deslumbrar a los hombres e hipnotizarlos. Y eso puede convertirlos en seres crueles.
El casarse pronto y mal (7 de noviembre de 1832).
Esta es una entretenida historia del afrancesado sobrino del autor (educado como convenía: "podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese a las manos"), de ideas ilustradas y liberales, alejado de todo lo religioso, y que respondía al nombre de Augusto. El despreocupado joven tenía ciertos vicios que le podían hacer delicioso a los ojos de las muchachas. Era superficial, presumido, orgulloso e indomable. Y así es como se enamoró Elenita de él, y él de ella. "Mi hija sería de usted en cuanto me traiga una prueba de que puede mantenerla, y el permiso de sus padres". ¿Y qué pensaba hacer Augusto?. El muchacho pensaba lo siguiente:
-Con respecto al mantenimiento de la esposa: "en los matrimonios era lo primero el amor y que en cuanto comer, ni eso hacía falta a los enamorados".
-Con respecto al consentimiento de los padres: "los padres no deben tiranizar a los hijos, y que los hijos no deben obedecer a los padres".
Así las cosas, pronto y mal, Elenita y Augusto, contraen matrimonio, salvando la obstinación de las familias y la poca fortuna con la que contaban sus bolsillos para emanciparse. Pero, como el mismo Larra nos cuenta, "el amor no alimenta", así que pronto el joven matrimonio debe buscar sus recursos.
Transcurren tres años y la suerte del matrimonio no sólo no mejora, sino que los tres hijos que alumbran no le traen la felicidad querida. El amor se ha perdido, "los encantos están ajados", ya no se reconocen el uno al otro. Son dos extraños que comparten lecho. Pero, nos dice Larra, hay un sentimiento mayor que el amor: el amor propio ofendido. Y así es como Augusto descubre la infidelidad de su mujer con su amigo; les sorprende a ambos, toma venganza, vierte sangre y finalmente se pega un tiro antes de escribir a su madre que críe a sus hijos enseñándoles a dominar sus pasiones (moraleja).
La Nochebuena de 1836 (26 de diciembre de 1936).
"Soy supersticioso, porque el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer; sin duda por esa razón creen los amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus Gobiernos, y una de mis supersticiones consiste en creer que no puede haber para mi un día 24 bueno".
De esta manera, Larra nos introduce su relato; enganchándonos con las primeras palabras (algo que me fascina de los autores que así lo hacen). Pues bien, no quiero dejar pasar la oportunidad (antes de meterme a analizar el relato) de mencionar otra frase de Larra que se me antoja biográfica (habida cuenta de que este artículo lo escribe Larra dos meses antes de suicidarse por desamor):
"pues en punto a amores tengo otra superstición: imagino que la mayor desgracia que a un hombre le puede suceder es que una mujer le diga que le quiere. Si no la cree es un tormento y su la cree... ¡Bienaventurado aquel a quien la mujer dice <no quiero >, porque ése a lo menos oye la verdad!".
Era día de Navidad, y nuestro protagonista (un escritor) anhela, ansía, pasar sin pena ni gloria al día 24 y en nada pensar. Tercia su capa, cale su sombrero y sale a la calle. Es entonces, cuando Larra utiliza una analogía entre comer y pensar, para verter una crítica hacia la condición actual de la sociedad: "Al pueblo le han dicho <hoy es un aniversario> (refiriéndose a la Navidad) y el pueblo ha respondido: <pues si es aniversario, comamos, y comamos doble>". Y a colación nos trae una cita del Quijote: "come, Sancho hijo, come, tú que no eres caballero andante y que naciste para comer"; para luego concluir: "el hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las deudas del espíritu".
A pesar de la superstición, transcurre la noche, sin suceder nada malo. Llega a casa, van a dar las 12. El criado le recibe borracho: "no sé por qué misterio mi criado encontró entonces, y de repente, voz y palabras, y habló y raciocinio; misterios más raros se han visto acreditados; los facilitas hacen hablar a los animales, ¿por qué no he de hacer yo hablar a mi criado?". Y entonces, entablan una conversación en el que el criado saca a relucir los defectos y vicios de su amo:
-"¿Por qué te vuelves y te revuelves en tu mullido lecho como un criminal, acostado con su remordimiento, en tanto que yo ronco sobre mi tosca tarima? .../... a los que arrebatan el sosiego de una familia seduciendo a la mujer casada o a la hija honesta .../... tú acaso eres de ese criminales y hay un acusador dentro de ti, y ese frac elegante y esa media de seda, y ese chaleco de tisú de oro que yo te he visto, son tus armas maldecidas".
El criado no sólo le reprocha su denodada vida, sino la falta de propósitos honestos con los que llenarla y tener una vida feliz:
-"Tú buscas la felicidad en el corazón humano, y para eso lo destrozas .../... tú eres literato y escritor, y ¡qué tormentos no te hace pasar tu amor propio, ajado diariamente por la indiferencia de unos, por la envía de otros, por el rencor de muchos .../... tú lees día y noche buscando la verdad en los libros hoja por hoja, y sufres de no encontrarla ni escrita .../... inventas palabras y haces de ellas sentimientos, ciencias, artes, objetos de existencia y cuando descubres que son palabras, blasfemas y maldices".
Toca las 12 y descubre que la famosa maldición se ha cumplido. Su criado, ese solícito asturiano, por efecto del vino, le ha venido a sacar las vergüenzas, a desnudar su persona como un ser rodeado de mentira y falsedad, como todo lo que él escribe, algo que para un escritor es el peor de los males, la peor de las costumbres. Quizás sean costumbres de la época.
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