
Algo tienen los autores rusos que sus lecturas me provocan fiebre. Y lo digo en el mejor de los sentidos. La primera vez fue leyendo Crimen y castigo, de Dostoievski. Me identifiqué tanto con el personaje de Raskolnikov que entré en un estado de culpabilidad inconsciente que me persiguió durante algunas noctámbulas noches. Y ahora leyendo a Chejov, he vuelto a tener una sensación similar. Aún recuerdo ese día, en la feria del libro de 2016, cuando compré un recopilatorio de Cuentos rusos (Tolstoi, Chéjov, Gógol, Pushkin, Dostoievski), de ediciones Gadir, y conocí a Chejov por primera vez.
Hace unos días, hablando de los autores rusos con mi amiga Dakota, le comentaba la forma que tienen de narrar y hacer hermoso lo tosco, lo vulgar y hasta lo hediondo; que los naturalistas rusos sabían meterte como nadie en la psicología del personaje y especialmente en su sufrimiento. Por ese motivo, y con el debido permiso, le dedico a ella (la niña de los ojos bonitos que se pensaba que sólo servían para ver) con cariño y admiración esta entrada, esperando que con su natural sensibilidad, ella y resto de los lectores, sepan apreciar el gusto por Chejov y los autores rusos.
Cuentos de Chejov.
El pabellón nº 6.
Este cuento me recordó a la novela Habitación 056 de Kaonashi Kitsune (no lo busquen, no está publicada en España), ambientada también en un manicomio, en el cual se describen (con estilo similar) algunos lugares lúgubres del sanatorio mental:
"El comedor era un lugar de deliciosa impunidad colectiva. Olía a cálida intimidad, a sudor y a suspiros, y a col hervida. Un aire tibio flotaba en el ambiente. Se podía mascar" (K.K.)
Chejov tiene la habilidad de ambientar como pocos (como Kaonashi) las escenas donde va a transcurrir la acción. Sabe como preparar al lector, y lo hace introduciéndonos a través de un personaje secundario o dándonos un rodeo coral por varios lugares. Eso, y el hecho de que con las primeras líneas del texto consigue engancharte, es lo que me sedujo de esta lectura.
En el pabellón nº 6 de un hospital, destinado a los enfermos mentales, sobreviven (por decirlo de una manera heroica) cinco internos. El ambiente es insalubre, los medios escasos, la comida pestilente y, para más inri, el loquero Nikita somete a los internos a continuas palizas. Entre los "alienados", como les llama el protagonista (que luego veremos), destaca un hombre: Ivan Dmítrich. El autor se encarga de dejar poco a la imaginación sobre la vida de este infeliz. Nos narra con detalle cómo es, cuál es su fisonomía, su carácter, su familia, su pasado... en definitiva -como decía antes- nos introduce en escena y nos cuenta la historia de este joven (de origen burgués venido a menos) que por infortunios de la vida (muerte de los padres y bancarrota familiar) desarrolla una manía persecutoria (me recordó a Raskolnikov) por la que tiene que ser internado. En cambio, Iván Dmítrich es un ser de una extraordinaria inteligencia, además de persona ilustrada en valores como la libertad o la igualdad entre los hombres, algo que pronto llamará la atención del doctor Andrei Efímych.
El doctor Efímych no ama su profesión de médico; la ejerce mecánicamente, y se dedica la mayor parte del tiempo a la lectura en su gabinete. Él mismo dice -y refiere repetidamente- que engaña a sus pacientes, a quienes atienden con desdén y con la frivolidad propia de la burguesía a la que todo en la vida le va bien. Efímych es un estoico (pero ya veremos que será un estoico solo para los demás) y vive bajo la filosofía del conformismo que le lleva al convencimiento de que no hay nada que hacer para evitar que la gente enferme o muera (así son las cosas).
"¿Para qué impedir que la gente muriese si la muerte es el fin normal y legítimo de todos y cada uno?. Considerando que el objeto de la medicina consistía en aliviar los sufrimientos, surgía la pregunta: ¿y para qué aliviarlos?."
Sin embargo, al margen de ese cuasi-nihilismo (no hay nada que hacer en la vida, nada tiene interés), una cosa tiene Efímych que destaca sobre lo demás: lo que más valora en la vida es la inteligencia humana. Andrei Efímich mantiene asiduas conversaciones con su amigo Mijaíl Averianich, jefe de correos, con quien se reafirma en su admiración por el pensamiento y la razón humana (algo de lo que -denuncia- se carece hoy en día):
"la razón establece un límite acusadísimo entre el animal y el hombre; sugiere el origen divino de éste último; y, en visto modo, hasta le concede una inmoralidad de que carece. De ahí que el razón sea la única fuente posible de placer".
Andrei Efímych comienza a retomar las visitas al hospital; causalmente entra en conversaciones con Iván Dmítrich, del que pronto admirará su forma lúcida de comprender la vida, y de hacerle replantarse al médico su filosofía estoica. Veamos algunos ejemplos de la forma de razonar del supuesto "loco":
"usted, el practicante, el inspector y toda su canalla son infinitamente más bajos, desde el punto de vista moral, que moral, que cualquiera de nosotros. ¿Por qué, pues, debemos permanecer encerrados nosotros y no ustedes.?. ¿Dónde está la lógica?".
"admitamos que la tranquilidad y la satisfacción del hombre no están fuera de él, sino en su interior -conitnuó-. Admitamos que hay que despreciar los sufrimientos y no asombrarse de nada. ¿Con qué fundamento predica usted todo eso?. ¿Es usted un sabio?. ¿Un filósofo?".
"aquí nos tienen recluidos tras unos barrotes; nos obligan a pudrirnos y nos martirizan; pero todo ello es magnífico y razonable porque entre este pabellón y un gabinete cómodo y abrigado no existe ninguna diferencia. Estupenda filosofía: no hay nada que hacer, y la conciencia está tranquila, y uno se siente sabio... Pues no, señor: eso no es filosofía, ni pensamiento, ni amplitud de miras, sino pereza, artimaña, soñolencia...".
Andrei Efímych disfruta enormemente con estas conversaciones. Por primera vez, en veinte años de servicio, se encuentra al fin con un hombre de su talla intelectual, con quien mantener auténticas y placenteras conversaciones inteligentes. Entre ambos, paciente y médico, surge una extraña amistad. Andrei sólo desea hablar con Iván todo el tiempo, y esto levanta los recelos del resto de los empleados del hospital y, en especial, de los superiores del doctor Efímych, quienes, le inducen a la idea de que está igualmente enfermo, demente, como sus pacientes, terminando por recomendarle que ingrese en el hospital para curarse. Andrei Efímych, en principio, se opone a admitir que esté loco:
"Mi enfermedad consiste sólo en que en veinte años, en toda la ciudad sólo he encontrado a una persona inteligente y resulta que además es un loco".
Al final, tras mucho insistir, y llevado por esa pereza de la que adolece Andrei (su único mal en la vida, que le impide luchar por lo que desea), después de ser destituido de su cargo, accede a internarse en el hospital, pensando que nada malo le puede suceder. Y es entonces, cuando se da cuenta que su filosofía del conformismo, de "no hay nada que hacer", no funciona. Se da cuenta que estar allí encerrado es una injusticia, una acto salvaje. Quiere salir del manicomio. Entonces, trágicamente, asume que quienes están allí encerrados no son locos, al menos él no está más loco que Iván Dmítrich, sino igual de cuerdo; que ambos son seres iguales, y, sin embargo, no pueden escapar de aquel pabellón nº 6.
Vayamos con el segundo de los cuentos:
La dama del perrito.
Una señora, una rubia de mediana estatura, con boina, y tras ella un lulú blanco. Esa es la dama del perrito. Y en ella se fija Gurov, un grápula burgués, que llevaba dos semanas en la ciudad de Yalta, acostumbrado a tener aventuras con mujeres (a quienes consideraba de "raza inferior"); decía que cuando se hallaba entre mujeres, se sentía libre. Algo sugestivo e imperceptible le predisponía favorablemente a las mujeres, no importándole ser infiel.
Ambos se conocen (según lo planeado por Gurov) y mantienen un idilio de pocos días, siempre con el mar de fondo. Uno más, pensó Gurov. Además, ella también estaba casada y vivía en San Petersburgo. Se llamaba Anna Serguéyevna. Sin embargo, algo en ella le inspira compasión. En su rostro hay un obstinado deseo de tomar, de arrancar de la vida más de lo que ésta pueda dar. Entonces, es cuando Chejov nos deja una de esas frases que nos hace ver que esas frases tan trascendentes con las que adereza sus relatos:
"Así sonaba el mar allí abajo, así seguía ahora el rumor y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estemos. Y en esta inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizás, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento de la vida en la tierra, del constante perfeccionamiento".
Finalizan sus días en Yalta. Ella regresa a S.P y él a Moscú. No volverán a verse. Sin embargo, el recuerdo de la dama del perrito sigue nítido; su imagen le persigue como una sombra. Gurov busca a Anna en la mirada de otras mujeres. Al fin, decide viajar a S.P. impulsado por sus deseos de ver a Anna. Ambos coinciden en el teatro. Allí, se encuentran, se miran, se esconden, se besan y se juran volver a verse en Moscú.
Comienza así de nuevo, cada cierto tiempo, en Moscú, escondiéndose de sus respectivas parejas, secretamente, un idilio que será nuevo para Gurov, pues Anna, que no es feliz con su esposo y desea luchar por serlo, ya no es una mujer más, un ser de raza inferior: está enamorado de ella.
"Hubo de todo en su vida, pero nunca amor. Y sólo ahora, cuando su cabeza empezaba a encanecer, se había enamorado como es debido, de verdad, por primera vez en su vida".
El tercer cuento seleccionado es
El hombre enfundado.
Este cuento es un tanto cómico y dramático. Chejov nos describe un persona peculiar; peculiar en su fisonomía y en su forma de pensar. Vamos a conocerlo:
Bélikov, profesor de griego, siempre salía a la calle con chanclos y paraguas. Todo lo llevaba enfundado: el paraguas, el reloj, el cortaplumas... hasta la cara se escondía en el cuello levantado del abrigo. Era un hombre peculiar, un hombre enfundado. También en su forma de pensar; sus ideas estaban enfundadas. En su vida todo eran precauciones, recelos y prohibiciones también enfundadas. "¡Oh!, no vaya a ser que pase algo", solía decir. Un hombre realmente peculiar.
Por eso extraña que llegara a estar a punto de casarse con la risueña Varenka: una joven ucraniana, hermana de otro profesor de instituto, con quien quisieron emparejarle. Todos comenzaron a convencerles que lo mejor era casarse. Sin embargo, Bélikov no cambió en absoluto su estilo de vida, parecía como se se hubiese hundido más aún en su funda. Para él, el matrimonio es un "paso serio". "No vaya a ser que pase algo", decía; "te casas y luego, Dios no lo quiera, te metes en un lio".
Pronto comenzaron las burlas del profesor. Una caricatura de él con su "prometida" y un paseo en bicicleta de Varenka con su hermano, del que Bélikov decía era un acto indecoroso, comenzaron a perturbarle. Un día decidió salvar su honor visitando al hermano de la joven, pero terminaron por discutir y Bélikov cayó por las escaleras de la casa, yendo a parar a la calle, justo cuando Varenka se acercaba. La "prometida" no puedo reprimir la risa, y nuestro protagonista regresó malhumorado a casa, retiró el retrato de la joven de la mesa y se metió en la cama de donde no salió sino un mes después con los pies por delante:
"Cuando se encontraba en el ataúd, tenía una expresión dulce, agradable, hasta alegre, como si estuviera contento, satisfecho de que por fin lo hubieran metido en el estuche del cual ya nunca más saldría. ¡Sí, había alcanzado su ideal!".
Y por último (y no menos interesante) otro cuento de Chejov, del cual diré lo que sigue.
Enemigos.
Pongan cuidado cómo empieza este cuento:
"Sobre las diez de una oscura noche de septiembre, murió de difteria el niño de seis años, Andrei, hijo único del médico de la comarca, el doctor Kirilov".
Así es cómo te engancha Chejov, cómo te mete en el cuento, ¡zas! de un solo plumazo, para que el lector diga: ¡quiero más!.
Pues bien, cuenta la historia del médico Kirilov, a quien en el mismo instante en que trágicamente pierde a su único hijo, recibe una inesperada noticia. A su puerta llama Aboguin, un hombre desesperado por conseguir un médico para su mujer que ha caído terriblemente enferma.
"Perdona, pero no puedo ir... Hace cinco minutos que se me... murió mi hijo...".
Sin embargo, estas palabras no alcanzan a desistir a Aboguin de su propósito e insiste hasta la saciedad para que el médico le acompañe a su casa: "tengo excelentes caballos, doctor. Le doy mi palabra de honor de que le llevo y le traigo en una hora. ¡Solo una hora!.".
Aquí hago una pausa. No puedo dejar de compartir esta frase de Chejov: "en general, por muy bella y profunda que sea una frase, afecta sólo a los indiferentes, pero no siempre satisface a los felices o desgraciados, porque la expresión más elevada de felicidad o la desgracia es muy a menudo el silencio. Los amantes se comprenden mejor cuando callan".
Y es que el silencio acompañará a los protagonistas en su viaje hasta la casa de Aboguin. Antes de llegar, Chejov nos describe bellamente un paisaje desnudo, casi invernal, donde la luna observa a los viajeros:
"Tras ellos se veía el camino a la escasa luz de las estrellas, y los sauces de la ribera se esfumaban en la oscuridad. A la derecha se abría la llanura, lisa e infinita como el cielo. El ella, desparramada en la lejanía, brillaban luces tenues, probablemente en las turberas. A la izquierda, paralela al camino, se alargaba una colina erizada de pequeños arbustos, y sobre ella pendía inmóvil una media luna grande, roja, cubierta de leve bruma y rodeada de nubes vaporosas que parecían observarla de todos lados y vigilarla para que no se fuera".
Cuando llegan, una terrible sorpresa les recibe. La tan afligida y enferma esposa, en realidad, es una traidora. Y se ha fugado con otro hombre, dejando a Aboguin en ridículo. El burgués se lamenta de su suerte, de su desgracia, ignorante e insensible al otro sufrimiento que sí es doliente: el de Kirilov, quien no alcanza a comprender lo que está sucediendo:
"Perdone, pero, ¿qué significa esto?. Mi hijo ha muerto, mi mujer, presa de congoja, está sola en casa... yo apenas puedo tenerme en pie, no he dormido en tres noches... ¿y ahora qué sucede?. Se me obliga a participar en una comedia chabacana, a hacer un papel de decorado. ¡No... no lo comprendo!".
Kirilov le reprocha la vileza y ruindad con la que actúa su cliente, ajeno a la desgracia del doctor y termina por marcharse del lugar, reflexionando, condenando a todos los burgueses como Aboguin, "a todos los que viven en una penumbra rosácea y huelen a perfume", sintiendo desprecio por tales gentes.
"Pasará el tiempo, pasará el sufrimiento de Kirilov, pero esa convicción, injusta e indigna del corazón humano, no pasará. Perdurará en la mente del médico hasta la tumba".
La media luna grande, roja, había desaparecido, pero no el hondo rencor de Kirílov.
Ayy, Raimundo. Muchísimas gracias por dedicarme tu entrada y aunque crea que mis ojos solo sirven para ver (como tú y Don Luis decís) si es para ver entradas tan maravillosas como esta, merece la pena.
ResponderEliminarMe ha encantado. Felicidades!!