DON CARLOS, INFANTE DE ESPAÑA: EN EL NOMBRE DEL PADRE

 Caravaggio | Auto retrato, Retratos pintura, Ideas para retrato


Podría hablar del amor del infante Carlos por la reina Isabel (el incesto siempre da mucho juego). También podría decir que esta obra teatral de Friedrich Schiller es una apología de la libertad, representada en la república de Flandes, y que el marqués de Posa es el verdadero inspirador del gobernante virtuoso que lucha por la libertad igualitaria entre los hombres. Pero no. De eso ya se encargarán otros y más ilustres lectores. Voy a hablar en esta entrada de la relación entre padre e hijo, entre el rey Felipe II y su hijo Carlos. 

"sé que el rey Felipe vendería su hijo único al último de sus criados". 

Estas palabras son pronunciadas por el joven y melancólico príncipe Carlos en la escena I del acto I, ante el confesor de la corte, Domingo. Luego, en la escena II del mismo acto, después de entregarse a los brazos fraternales de su amigo Rodrigo de Posa y confesarle su amor enfermo por la esposa de su padre, dice:

"no aborrezco a mi padre, pero el terror y ansiedad del delincuente se apoderan de mi al oír este nombre .../... ¿por qué entre mil, me concedió este padre?. Y a él ¿por qué le dio éste, entre mil hijos mejores?. No formó la naturaleza dos seres más incompatibles. .../... ¿por qué dos hombres que se evitan sin cesar, se encuentran con horror impulsados por el mismo deseo?. He aquí, dos astros enemigos que en la carrera del tiempo chocan una sola vez en su curso, se rompen en pedazos y se alejan uno de otro para toda la eternidad". 

Este es el contexto en que Schiller nos enmarca la relación entre padre e hijo. Nada afectuosa. Dos hombres enfrentados por el deseo amoroso de la misma mujer. Pero la relación de Carlos con su progenitor es mucho más compleja que la rivalidad entrambos por la endogamia. En el fondo, hay una carencia afectiva del padre hacia el hijo, una falta de reconocimiento y aceptación filial que subyace en toda la obra y que analizaré a continuación.


Dos rivales, una mujer.

Ya hemos visto que el príncipe Carlos considera a su padre un rival por el amor de la reina Isabel. ¿De dónde surge esta rivalidad?. 

Carlos (a la Reina): "A la faz del mundo me pertenecíais; dos grandes reinos me concedían vuestra mano; el cielo y la tierra consentían nuestra unión, y Felipe, Felipe os arrebata de mis brazos" Acto I. Escena V.

El infante Carlos se considera el legítimo valedor del amor de Isabel (ambos contemporáneos), y que la joven francesa estaba predestinada a ser su esposa, pero su padre (el todopoderoso emperador) la arrebató de sus brazos dinásticos. 

Y en conversaciones con la reina Isabel, en la escena V, así lo manifiesta Carlos:

"Me han arrebatado mi paraíso para anonadarlo en los brazo de Felipe".

Pero lejos de aceptar su derrota, el infante muestra una actitud belicosa:

"Que Carlos no se resigna a ser el hombre más desgraciado de su reino, cuando bastaría un trastorno en las leyes para que fuera el más feliz .../... nada doy por perdido sino los muertos".

Por su parte, el rey Felipe muestra sus recelos con respecto a su hijo. Lo vemos en siguiente ejemplo:

"Soy llamado el hombre más rico del orbe cristiano, el sol no se pone en mis dominios. Pero cuanto poseo, otro lo poseyó antes que yo y otros lo poseerán después; cuanto pertenece al Rey, lo debe a la fortuna, pero Isabel es de Felipe, y por este lado soy mortal .../... El joven Carlos empieza a causarme alguna inquietud. Desde que llegó de Alcalá, evita mi presencia; su sangre es ardiente; ¿por qué fría su mirada.y solemne su aspecto?. Fijad en él vuestra atención; os lo recomiendo". Acto I. Escena VI.

El rey Felipe ignora los sentimientos de su hijo por la reina Isabel; sabe que algo le turba, pero lo desconoce (de momento). No obstante, el autor nos deja claro que la amada Isabel es de Felipe (como una propiedad más de su vasto imperio). La contienda está servida. 


Dos gobernantes, un territorio.

Flandes ocupará gran parte de la obra de Schiller. Sin entrar en las connotaciones políticas que tiene el drama, el gobierno de Flandes será otro motivo de enfrentamiento entre padre e hijo. Cada uno representa una forma de gobernar diferente: Felipe, el despotismo (confiando el gobierno de esta región al Duque de Alba); Carlos, la democracia (influenciado claramente por las ideas liberales de su amigo el marqués de Posa). En realidad, Carlos le pide a su padre que confíe en su persona para la pacificación de Flandes, pues en esos momentos el príncipe ha dado un giro a su exaltación amorosa, guiado no sólo por el marqués de Posa, sino por la propia Reina, quien le dice al infante:

"El amor, este corazón pródigo que sacrificáis, se deben a los reinos que gobernaréis un día .../... el amor es vuestro primer deber .../... guiadle de nuevo hacia vuestros reinos" (Acto I. Escena V).

Pues bien, Carlos le solicita (le ruega) a su padre que le ponga al frente de Flandes. Veamos lo que sucede:

Carlos: "¡Padre mío!. Recobro a mi padre; ¡mil gracias por semejante favor! .../... ¡mucho tiempo ha que se rehusaba al hijo tan dulce beso!. ¿Por qué padre mío, me habéis alejado por tanto tiempo de vuestro corazón?. ¿Qué hice para ello? .../... mi corazón no está pervertido, padre mío: en el ardor de mi sangre consiste toda mi maldad, y mi juventud es mi pecado. No estoy pervertido, creedlo, y aunque los impulsos violento de mi corazón hacen traición a mi naturaleza, mi corazón es bueno .../... ha desaparecido entre el padre y el hijo el antemural de la etiqueta .../... ¡reconciliémonos, padre mío!" (Acto II. Escena II).

Vemos esa falta de reconocimiento filial de la que hablaba al comienzo. El infante desea que su padre lo acepte, pues poco más que lo toma por un loco, y le implora reconciliación. La reacción del rey es la siguiente:

Rey: "¡Déjame; levántate! .../... esta comedia va pareciéndome harto insolente .../... ¡lágrimas!... ¡indigno espectáculo!... ¡sal de mi presencia! .../... ¡sal de mi presencia!. Volvieras de un combate cubierto de humillación, mis brazos se abrirían para recibirte; pero en semejante estado te rechazo. Solo la mancha de una vileza puede lavarse en tal vergonzosa fuente, quien no se avergüenza del arrepentimiento, jamás lo excusará" (Acto II. Escena II).

El rey Felipe considera que aquella representación es una farsa. Tiene serias dudas acerca de la capacidad y formalidad de su hijo. Lo considera un ser débil e impropio de la empresa que le solicita.

Carlos: "¿La duda?. Si quiero anonadarla; si quiero hacer mío tu corazón de padre, con toda la fuerza de mi alma, hasta destruir la duda, muro de granito. .../... cese vuestro desdén y os amaré como un niño .../... sólo os pido que ceséis de aborrecerme". 

Entramos así a la cuestión propiamente de Flandes, Carlos se siente alejado de España y del corazón de su padre, y con 23 años sabe que no ha hecho nada por la gloria de su imperio ni por su inmortalidad y solicita expresamente al Rey, que le ponga al frente del ejercito encargado de la sublevación en Brabante. Es entonces cuando el rey Felipe nos descubre los motivos del desdén hacia su hijo, a quien lo define con las siguientes palabras:

"Hablas como un soñador. Esta empresa requiere un hombre y no un niño .../...tu alma es débil, hijo mío .../... ¡Y confiaré al propio tiempo mi mejor ejército a tu ambición, el puñal al asesino!".

Y cuando Carlos implora la gracia de su padre, incluso le pide que le responda con dulzura y le trate con bondad, alegando que abandonar a cualquier precio el cielo de Madrid, el monarca sentencia:

"Los enfermos como tú, hijo mío, exigen solícitos cuidados, y deben permanecer bajo la vigilancia del médico". 

Carlos ha implorado el amor y la consideración de un padre tirano e implacable. La reconciliación es imposible. Así se lo hace saber a su amigo, el marqués de Posa:

Marqués: "¿os habéis reconciliado? .../... ¿tú y el rey Felipe. ¿Hay algo decidido respecto a Flandes?".

Carlos: "Estamos separados para siempre, y más todavía de lo que estábamos".  (Acto II. Escena XV).


La conspiración

Schiller nos sitúa al rey Felipe en el umbral de la duda. La sombra de la traición sobrevuela en palacio:

"Cuando el Rey duerme, adiós corona; cuando el esposo duerme, adiós amor de su esposa .../... jurádmelo. ¿Soy engañado?. ¿Lo soy?. Es verdad? .../... ¡Oh! regresad a casa, y la sorprenderéis entregada a los brazos incestuosos de vuestro hijo; creed a vuestro Rey". (Acto III. Escena II).

Comienza entonces una conspiración epistolar en la que participan la princesa de Éboli y el Duque de Alba, entre otros; personajes que circundan en torno a los conjuros palaciegos y que ponen a la reina Isabel y al príncipe Carlos en el centro de las sospechas: 

Rey (a Alba): "la Reina ha cometido una falta grave, ocultándome el contenido de estas cartas, y haciendo un misterio de la aparición culpable del Principe en el jardín. Ha cometido esta falta por una falsa generosidad, por la cual sabré castigarla". (Acto III. Escena III).

Rey (a Alba): "sólo me queda el dolor del divorcio el triste triunfo de la venganza .../... presidiré yo mismo su tribunal. Compareced ante él, si tenéis valor para ello, y acusad públicamente a la Reina por adulterio. Morirá sin misericordia, y el Príncipe con ella; pero advertid que si ella puede justificarse, moriréis vosotros en su lugar". (Acto III. Escena IV).

Por su parte, el marqués de Posa trata de ahondar en el corazón del rey Felipe, y le endulza el oído con sus buenas palabras y sueños libertarios, para, finalmente, confiarle el rey averiguar la verdad de la conspiración amorosa:

Rey (al marqués de Posa): "Acercaos a mi hijo y sondead el corazón de la Reina, y para que podáis conversar con ella en secreto, os confiaré plenos poderes" (Acto III. Escena X).


El enfrentamiento.

Cuando el príncipe Carlos es liberado de su cautiverio, el duque de Alba se lo anuncia, y el infante reclama la presencia de su padre para rendir cuentas con él:

Alba: "Príncipe, sois libre... el Rey me envía a anunciaroslo".

Carlos: "He sido arrestado y soy puesto en libertad, sin saber por qué".

Alba: "Por un error, Príncipe, al cual según creo ha sido arrastrado el Rey por un impostor".

Es entonces cuando Carlos, como decía antes, desea verse cara a cara con su padre:

"Pero si el Rey comete un error, al Rey en persona toca repararlo .../... me quedo aquí hasta que el Rey o Madrid me saquen de esta prisión". (Acto V. Escena II).

Momentos después, tras una conversación entre el marqués de Posa y el Príncipe, donde el primero le confía sus planes y sus honestos propósitos, que han guiado las argucias orquestadas en connivencia con la Reina a favor de dejar a Carlos libre de toda sospecha y culpa frente al Rey por su enamoramiento de aquella y por la rebelión de Flandes, pronuncia, el marqués, las siguiente palabras:

"Consérvate para Flandes. Reinar es tu destino; morir por ti, el mío". 

A lo que el príncipe Carlos le responde (sorprendentemente, hablando bien de la indulgencia de su padre): 

"Vamos a su encuentro. Padre mío, le diré; he aquí lo que un amigo ha hecho por su amigo, y esta acción lo conmoverá. Créeme, mi padre no es inhumano. Si esta acción le conmoverá, brotará de sus ojos generoso llanto y te perdonara a ti y a mí." (Acto V. Escena III).

Seguidamente, el marqués de Posa cae muerto a manos de los soldados del Rey, y es cuando el príncipe Carlos, llevado de la ira y el dolor, tiene en frente a Felipe II y le profesa duras palabras a las que el Rey le corresponde con ternura:

Rey (con bondad): "vengo yo mismo aquí con todos los grandes de España a anunciarte la libertad .../... recibe tu espada .../... ven a los brazos de tu padre."

Carlos: "no puedo abrazarte; traes contigo el hedor del asesinato".

A continuación, el infante desenvaina su espada:

Rey: "¡Desenvainas la espada contra tu padre!".

El Rey ordena que se retiren sus acompañantes y le dice a Carlos:

"¿por qué tembláis?, ¿no somos por ventura padre e hijo?". (Acto V. Escena IV). 

Felipe II apela a los lazos de sangre para apaciguar a su hijo e incluso, con ternura, le dice que todo lo que ha hecho, ha sido por él; por lo que aquel no puede pedirle justas cuentas. Y el Príncipe le responde haciendo una alegoría de la figura de su amigo, el marqués de Posa, de su hermandad, de su nobleza, de la confianza que siempre le ha tenido al infante; en definitiva, de todo aquello que el Rey no sido para con su hijo;  el maltés fue el digno patrono del corazón del Príncipe:

Carlos: "dónde hallaréis un alma como la suya para reemplazarla .../... miradle; ha muerto por mi. Si guardáis lágrimas aún, si no corre por vuestras venas bronce derretido en vez de sangre, mirad y no me condenéis.../... tomad mi espada; sois de nuevo mi Rey. Os figuráis que he de temblar ante vuestra venganza. Matadme, como habéis muerto al hombre más noble de la tierra... Soy culpable; lo sé... ¡Ni que me importa ya la vida!. Renuncio a cuanto me aguarda en el mundo. Buscad un hijo entre los extranjeros... Aquí están mis reinos". (Acto V. Escena IV).

El marques de Posa, como vemos, representa los valores que el propio Rey debería ser para su hijo. El príncipe Carlos no se reconoce en la figura de su padre.

Más tarde, ante el Conde de Lerma, quien le anima a salir para Bruselas, el príncipe Carlos recibe una última recomendación que marca su relación con su padre: 

Lerma: "Volved a España para subir al trono del rey Felipe; sed hombre... también habéis aprendido a conocer el dolor... No concibáis proyecto alguno de venganza contra vuestro padre. No vertáis sangre, Príncipe... Felipe segundo forzó a vuestro abuelo a descender del trono, y este mismo Felipe tiembla hoy ante su propio hijo".  (Acto V. Escena VII). 

Y finalmente, después de descubrirse las verdaderas intenciones políticas del príncipe Carlos y de su último encuentra con la reina Isabel para despedirse de ella antes de partir para Flandes, el rey Felipe pide consejo al inquisidor para saber qué hacer con el destino de su hijo:

"Mi hijo proyecta una revolución .../... permitiré que huya si no puedo matarle .../... ¿puedes tú infundirme una nueva creencia, que autorice el cruento asesinato de un hijo?".

Inquisidor: "para aplacar la eterna justicia, el Hijo de Dios murió en la cruz".

Y el Rey le responde:

"Comento un atentado contra la naturaleza. ¿Puedes imponer silencio a su voz poderosa?". (Acto V. Escena X). 

En la siguiente escena (XI), el Rey entregará a su hijo a manos de la Inquisición. El joven Carlos no sólo no encontró el cariño y la comprensión de su padre (pues toda la obra es una parábola del rechazo paternal del Rey), sino que él mismo le lleva a los pies de la muerte. Poco debió de importarle al infante Don Carlos, al fin y al cabo todo lo que hizo, lo hizo en "en el nombre del padre". 


Comentarios

Entradas populares de este blog

CÁNDIDO O EL OPTIMISMO: EN BUSCA DE LA FELICIDAD

LA DE BRINGAS: ANTES MUERTA QUE SENCILLA

EL CASTIGO SIN VENGANZA: UNA PROPOSICIÓN INDECENTE