PEPITA JIMÉNEZ: LA EDAD DE LA INOCENCIA

                                       London | National Portrait Gallery: Elizabeth Peyton. Porträts

 

¡Cómo resistirse a la pasión!. A pesar de las convicciones morales o de fe, es imposible. No hay fuerza que iguale la pasión de dos seres inocentes que se aman en secreto. El amor silencioso es el más peligroso, pues va tejiendo sus oscuras redes sin que nadie lo sepa, a espaldas de esos que dicen "no lo hagas" o "tus obligaciones te lo impiden" o "esto no es real", y al final, quedan ligados sin remedio, sin apenas darse cuenta, permitiendo que el amor les cale los huesos.

Leyendo a Pepita Jiménez, me viene al oído la música de Elmer Brenstein en el film de Marin Scorsese, the Age of innocence (basado en la novela homónima de Edith Warton). Con algunas diferencias entre esta obra y la de Juan Valera, lo cierto es que el tema pilar de la novela es el mismo: la lucha por la pasión. 

En esta entrada voy a tratar cómo Luis de Vargas ve a su amada Pepita, con sus ojos y su pluma, y cómo sus convicciones religiosas van mutando, en un terrible zapping interior, hasta sucumbir finalmente a la pasión. Y lo haré siguiendo, como digo, la correspondencia epistolar del protagonista con su tío, el Dean. 

Un hombre ama a una mujer tanto como puede, pero ¿hay un límite?.  Vamos a verlo:

22 de marzo

"He vuelto hecho un hombre .../... estoy encantado con las huertas

Juan Valera nos sitúa al protagonista en un pueblo de Córdoba, rodeado de un ambiente bucólico (locus amoenus) propio del mítico Garcilaso, y que en sucesivas ocasiones se repetirá, pues el paisaje estará ligado al estado anímico de Luis de Vargas.

En la primera carta, Luis de Vargas solo conoce de Pepita por referencias, y se la imagina bella (como dicen) pero un tanto rústica:

"Mañana como en casa de la famosa Pepita Jiménez, de quien usted habrá oído hablar, sin duda alguna. Nadie ignora aquí que mi padre la pretende.../... No conozco aún a Pepita Jiménez. Todos dicen que es muy linda. Yo sospecho que será una beldad lugareña y algo rústica .../... no acierto a decidir si es buena o mala moralmente, pero sí que es un gran despojo natural. Pepita tendrá veinte años; es viuda .../... va a ser cuñada de usted y madrastra mía .../..."

A continuación, el autor nos introduce un elemento psicológico en el personaje. Luis de Vargas no va a ser un simple observador de la belleza de Pepita, no. Ya vemos desde el inicio de la novela que en él existe un interés por conocer la mente y el corazón de Pepita. Nace en él la curiosidad de saber más de ella: 

¿cómo penetrar en lo íntimo del corazón, en el secreto escondido de la mente juvenil de una doncella y saber qué idea podía ella formarse del matrimonio?".

Y seguidamente, nos introduce un elemento moral. ¿Debe conocerse el mal?. El mal, en ocasiones durante la novela, va a estar representado por la tentación que supone Pepita cuando está cerca de Luis; sin embargo, la predisposición del personaje es la de acercarse, curiosear, jugar con ese "mal":

"He pensado ... sobre dos métodos opuestos de educación: el de aquellos que procuran conservar la inocencia ... creyendo que el mal no conocido se evita mejor que el conocido, y el de aquellos que ... le muestran el mal en toda su fealdad horrible y en toda su espantosa desnudez, a fin de que la aborrezca y evite. Yo entiendo que el mal debe conocerse para estimar mejor la infinita bondad divina".

28 de marzo

"Me voy cansado de mi residencia en este lugar .../... hacer tres días tuvimos el convite.. en casa de Pepita Jiménez... me pareció, en efecto, tan bonita como dice la fama, y advertí que tiene con mi padre una afabilidad tan grande, que le da alguna esperanza". 

Luis de Vargas conoce por fin a Pepita. Y nos la va a describir como una donna angelicata; no sólo como un ideal de belleza femenina, sino como un símbolo de perfección espiritual. Lo primero que nos destaca físicamente de ella son sus manos; manos que el propio Juan Valera nos representará más adelante como una parte muy simbólica en el cortejo y la relación amorosa.  

"hay en ella un sosiego, una paz exterior... y pudiera provenir de la tranquilidad de su conciencia, de la pureza de sus aspiraciones... posee una distinción natural que la levanta y separa de cuanto la rodea... no se advierte en ella ni cosméticos ni afeites; pero la blancura de sus manos, las uñas tan bien cuidadas y acicaladas, y todo el aseo y pulcritud con que está vestida... tiene la casa limpísima y todo en un orden perfecto". 

4 de abril

Ya en esta fecha, la monotonía del lugar va haciendo mella en el protagonista, quien se queja de su nula vida intelectual y comienza a cuestionarse qué le está sucediendo (la belleza de Pepita, en silencio, ya está haciendo efecto). Luis de Vargas siente (misteriosamente) una admiración por la belleza de las cosas terrenales; se siente demasiado sensible. Su voluntad se está quebrando...  ¿Estará enfermo?.  

"mi admiración por la belleza de las cosas creadas .../... hoy me parece pecaminosa distracción e imperdonable olvido de lo eterno por lo temporal, de lo increpado y suprasensible por lo sensible y creado.../... tengo miedo del modo de orar imaginativo, propio de un hombre corporal y tan poco aprovechado como yo soy.../... se me figura a veces que hay en todo esto algo de delectación sensual, algo que me hace olvidar, por un momento al menos, más altas aspiraciones.../... si amo a la hermosura de las cosas terrenales tales como ellas son, y si la amo con exceso, es idolatría.../... siento una dejadez, un quebranto, un abandono a la voluntad, una facilidad tan grande para las lágrimas; lloro tan fácilmente de ternura al ver una florecita bonita o al contemplar el rayo misterioso, tenue y ligerísimo de una remota estrella, que casi no tengo miedo.../... dígame usted si hay algo de enfermizo en esta disposición de mi ánimo". 

Es importante para el resto de la obra que tengamos en cuenta este estado ánimo y psicológico del personaje, pues a partir de este momento comenzará su lucha interior entre su pasión y sus convicciones religiosas.

8 de abril

Este día tiene lugar otro pasaje locus amoenus, el joven Luis se deleita con la huerta de Pepita y nos la sigue describiendo de igual manera, como una bella mujer de inspiración divina, comparándola incluso con Santa Teresa:

"Este antojo de Pepita de obsequiar tanto a mi padre .../... me parece a menudo que tiene su poco de coquetería, digna de reprobación; pero cuando veo a Pepita después, y la hallo tan natural, tan fresca y sencilla, se me pasa el mal pensamiento". 

"Un modesto pañolito de seda negra cubría también, al uso del lugar, su espalda y su pecho, y en su cabeza no ostentaba tocado, ni flor, ni joya, ni más adorno que el de sus propios cabellos rubios. En la única cosa que noté por parte de Pepita cierto esmero, en que se apartaba de uso de los aldeanos, era en llevar guantes. Se conoce que se cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad en tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uñas lustrosas y sonrosadas; pero si tiene esta vanidad, es disculpable en flaqueza humana, y, al fin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa tuvo la misma vanidad cuando era joven, lo cual no le impidió ser una santa tan grande..../... Es tan distinguido, tan aristocrático tener una linda mano!. Hasta se me figura, a veces, que tiene algo de simbólico. La mano es el instrumento de nuestras obras, el signo de nuestra nobleza, el medio por donde la inteligencia reviste de forma sus pensamientos artísticos, y da ser a las creaciones de la voluntad, y ejerce el imperio que Dios concedió al hombre sobre todas las criaturas .../... En cambio, las manos de esta Pepita, me parecen casi diáfanas como el alabastro, si buen con leves tintas rosadas, donde cree uno ver circular la sangre pura y sutil,  que da a sus venas un ligero viso azul; esas manos, digo, de dedos afilados y de sin par corrección de dibujo, parecen el símbolo del imperio mágico, del dominio misterioso que tiene y ejerce el espíritu humano, sin fuerza material .../... imposible que quien tiene manos como Pepita tenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto ruin que esté en discordancia con las limpias manos".

"Apenas si se atreve a decir Pepita <buenos ojos tienes>; y en verdad que si lo dijese no mentiría, porque los tiene grandes, verdes como los de Circe, hermosos y rasgados; y lo que más mérito y valor les da es que no parece sino que ella no lo sabe, pues no se descubre en ella la menor intención de agradar a nadie ni de atraer a nadie con lo dulce de sus miradas. Se diría que cree que los ojos sirven para ver y nada más que para ver .../... los ojos de Pepita, donde hay una serenidad y una paz como del cielo.../... sus ojos están llenos de caridad y de dulzura. Se posan con afecto en un rayo de luz, en una flor, hasta en cualquier objeto inanimado .../... se atreve a suponer nada más que caridad y amor al prójimo, y, cuando más predilección amistosa, en aquella serena y tranquila mirada".

Parece que Luis de Vargas se deleita con los sentimientos que le provoca Pepita (serenidad, tranquilidad, caridad, dulzura, etc). No sólo nos está describiendo las manos o el rostro de la joven, sino muy especialmente su espíritu (un alma pura y limpia), pero, a continuación, el protagonista vuelve a confesarle a su tío sus miedos. Algo está sucediendo. Teme que su fervor religioso se vaya apagando:

"Con esta vida temo materializarme demasiado: me parece sentir alguna sequedad de espíritu durante la oración; mi fervor religioso disminuye; la vida vulgar va penetrando y se va infiltrando en mi naturaleza".

14 de abril

La descripción de Pepita, sobre todo en su vertiente espiritual, le llegan a Luis de Vargas también por referencias, las del señor Vicario, pero ya el 14 de abril, él comienza a cuestionarse ese "mal" del que hablaba al comienzo de la entrada. ¿No es Pepita también un objeto de provocación?. ¿No representa una tentación pagana, diabólica?. Veremos que, en repetidas ocasiones, se va a referir a ella en estos términos, como una maga o una hechicera. Y lo hace, precisamente, porque el amor va calando en su inconsciente. 

"de lo que cuenta el señor Vicario se colige que está dotada de un espíritu inquieto e instigador .../... entreveo que en el alma de Pepita Jiménez, en medio de la serenidad y calma que aparenta, hay clavado un agudo dardo de dolor; hay un amor de pureza contrariado por su vida pasada .../... la atormenta, la avergüenza el recuerdo de que don Gumersindo fue su marido .../... Pepita, aunque buena por reflexión, puede sin premeditarlo ni calcularlo, ser un instrumento del espíritu del mal; puede tener una coquetería irreflexiva a instintiva, más invencible, eficaz y funesta aún que la que procede de premeditación, cálculo y discurso .../... ¡quién sabe, si a pesar de las buenas obras de Pepita, no hay también un hechizo mundano, no hay algo de magia diabólica en este prestigio de que se rodea y con el cual emboba a ese cándido padre Vicario".

Finalmente, en esta carta, Luis de Vargas le confiesa a tu tío que siente estar cayendo en el estado de embelesamiento que tiene el Vicario con Pepita, que ella ocupa todo su pensamiento y que las dudas le afloran: no sabe si todo en Pepita es coquetería o inocencia. Si es ángel o demonio. 

"Veo que distraídamente voy cayendo en el mismo defecto que en el padre Vicario censuro, y que no hablo a usted sino de Pepita Jiménez. Pero esto es natural. Aquí no se habla de otra cosa. Se diría que todo el lugar está lleno del espíritu, del pensamiento, de la imagen de esta singular mujer, que no acierto aun a determinar si es un ángel o una refinada coqueta, llena de astucia instintiva, aunque los términos parezcan contradictorios .../... Cuanto me pesa de haber venido por aquí .../... me veo distraído de mis estudios, meditaciones y oraciones por mil objetos profanos". 

20 de abril.

Si antes Luis de Vargas ha hablado con el corazón, ahora parece que habla con la razón, cuando le dice a su tío que en él no está el ánimo de ligarse con Pepita, y trata de relativizar su profunda admiración, comparándola con una obra de arte. Él solo admira. Pero ya el lector conoce que esto no es cierto, pues desde el comienzo el autor nos ha dejado claro que existe en Luis de Vargas un interés por conocer, por conocer más sobre Pepita. La joven tiene un efecto narcótico en nuestro protagonista del que no podrá escapar. 

"razón tiene usted que le sobra en aconsejarme que no me ligue mucha amistad con Pepita Jiménez; pero yo disto bastante de estar ligado con ella .../... si de mis cartas anteriores resultan encomios para el alma de Pepita Jiménez, culpa es de mi padre y del señor Vicario, y no mía; porque al principio, lejos de ser favorable a esta mujer, estaba yo prevenido contra ella con prevención injusta .../... nadie pueda colegir que propendo a sentir por ella algo que no sea amistad y aquella inocente y limpia admiración que inspira una obra de arte".

Nos vuelve a describir su belleza física, pero nótese aquí que ya no la colige con tantas virtudes espirituales, sino que adquiere unos tintes más carnales. Ya no habla de su mano o de su pelo, como algo inocente o simbólico, sino, por ejemplo, nos habla de sus labios. Luis de Vargas ya se está fijando en su boca, ya no es tan inocente esa descripción de Pepita, sino más bien erótica 

"de qué suerte me había yo de gobernar para no reparar en Pepita Jiménez?. A no poner en ridículo, cerrando en su presencia los ojos .../... y note la hermosura los suyos, lo blanco, sonrosado y limpio de su tez, la igualdad y el nacarado esmalte de los dientes, que descubre a menudo, cuando sonríe; la fresca púrpura de sus labios, la serenidad y tersura de su frente y otros mil atractivos que Dios ha puesto en ella"

Y como si se tratara de un contrafuerte para resistir a los impulsos de su corazón, Luis de Vargas, después de una de cal, nos da otra de arena, y le aclara al tío que (descuide) toda esta hermosura que está describiendo no es más que una criatura de Dios, y que a Pepita sólo la ve con ojos de hermano. Claramente, y aquí el autor acierta a reflejarlo, el personaje se está autoengañando; se ve ingenuo y baldío para poder enamorarse. Él es un cordero de Dios y enamorarse de ella significaría descarriarse. Se niega; pero ya es demasiado tarde.

"No lo dude usted: yo veo en Pepita Jiménez una hermosa criatura de Dios, y por Dios la amo como a hermana. Si alguna predilección siento por ella, es por las alabanzas que de ella oigo a mi padre, al señor Vicario y casi todos los de este lugar .../... cuando, ya viejo volviese yo por este lugar, también gozaría mucho en intimar con ella, porque estaría ya vieja .../... hoy, sin embargo, como soy mozo, me acerco poco a Pepita; apenas la hablo .../... sé que no puedo inspirar pasiones .../... ¿cómo ha de fijarse ahora en mí y ha de concebir el diabólico deseo y más diabólico proyecto de turbar la paz de mi alma, de hacerme abandonar mi corazón, tal vez de perderme? .../... me creo insignificante para enamorarla". 

4 de mayo.

Cuando Luis de Vargas se cuestiona si Pepita lo ama o no, es porque él ya la ama. En esta carta a su tío, le representa como improbable que en Pepita exista algún sentimiento hacia el joven, a pesar del "afeminado pasión de ánimo" que dice tener.

"No hay el menor indicio de que Pepita Jiménez me quiera .../... ni yo soy como Josef, agraciado con tantos dones y excelencias, ni Pepita es una mujer sin religión ni decoro .../... esta afeminada pasión de ánimo, ya que existe en mí, importando desecharla, celebra usted que no se mezcle con la oración y la meditación y las contamine".

El 4 de mayo es cuando aparece Pepita a caballo en la finca del padre de Luis de Vargas, vestida de amazona y manejando con destreza su caballo. Vuelve a presentarnos a Pepita como una hechicera, cuyo látigo para el caballo, no es más que una varita para Luis con la que practicar su magia.

"No acierto a decir cómo, Pepita y yo nos encontramos solos .../... entonces sentí por todo mi cuerpo un estremecimiento .../... en la mano, el látigo, que se me antojó como varita de virtudes con que pudiera hechizarme aquella maga .../... se me pareció más hermosa". 

Su tío le recomienda que piense en Pepita afeada por los años y las enfermedades, pero aquí el protagonista nos comparte un pensamiento neoplatónico: la idea de la belleza o la belleza ideal, ya vive inmortal en su mente. Y por mucho que Pepita envejezca, esto no va a cambiar:

"La cautela de pensar en ella afeada por los años y por las enfermedades .../... no entiendo que tan terrible cautela fuese indispensable. Ninguna idea mala en lo material turbó mi razón ni mis sentidos. Lo que sí me ocurrió fue un argumento para invalidar, al menos en mí, la virtud de esa cautela. La hermosura, obra de un arte soberano y divino, puede ser caduca y efímera, desaparecer en el instante; pero su idea es eterna, y en la mente del hombre vive inmortal una vez percibida". 

Por último, Juan Valera también nos da una pista de que algo ha cambiado en Pepita. Ha abandonado el luto y ahora viste más alegre, más vistosa:

"Pepita ha dejado el luto, y está ahora más galana y vistosa con trajes ligeros y casi de verano, aunque siempre muy modestos". 

7 de mayo.

Llegamos a un punto de inflexión en la obra. Por primera vez Luis de Vargas se cuestiona si lo que siente por Pepita es amor. ¿Si?, ¿no?. Con la ya acostumbrada ambigüedad con la que diserta con su tío, el protagonista nos dice que, aunque sea amor, él se opondrá a sus pasiones, que luchará denodadamente y que, como último recurso, huirá de allí para borrar el recuerdo de Pepita. 

"la imagen de Pepita está siempre presente en mi alma. ¿Será esto amor?, me pregunto. Mi compromiso moral de consagrarme a los altares es para mí valedera y perfecta. Si algo que se oponga, es necesario combatirlo. Por encima de esta inclinación espiritual que me arrastra hacia Pepita, está el amor de lo infinito y de lo eterno .../... pido al Cielo que se despierte en mí la fuerza imaginativa .../... a fin de que absorba y ahogue la imagen, el recuerdo de esta mujer .../.. entre el crucifijo y yo se interpone .../... no creo, sin embargo, que estoy herido de lo que llaman amor en el siglo. Y aunque lo estuviera, yo lucharía y vencería .../... yo no amo a Pepita todavía. Me iré y la olvidaré.

12 de mayo

Este día, Luis de Vargas le cuenta a su tío que ha aprendido a montar a caballo y que, en un alarde de gallardía, ha ido a exhibirse ante Pepita. Durante el cortejo, Pepita le aplaude y vuelven las referencias a sus manos y a su hermosura, que suponen para Luis una inspiración divina y, a la vez, una perdición:

"Pepita me aplaudía y me saludaba cariñosa, sonriendo y agitando sus lindas manos ../... tomé la mano que Pepita cariñosamente me alargaba, y la estreché en la mía. La suavidad de aquella mano me hizo comprender mejor su delicadeza y primor". 

"Cómo entender, si no, que la hermosura de la mujer, obra tan perfecta de Dios es causa de perdición siempre?. 

Luis sabe que Pepita también siente algo por él, y se lo narra a su tío diciéndole que la bella mirada de Pepita, tranquila y honesta, ese día (el del cortejo) se tornó en llamas devoradoras (nuevamente, las referencias son más eróticas) que se posaron en sus ojos.

"Ya he dicho a usted en otras cartas que los ojos de Pepita, verdes como los de Circe, tienen un mirar tranquilo y honestísimo. Se diría que ella ignora el poder de sus ojos, y no sabe que sirven más que para ver .../... nada de pasión ardiente, nada de fuego hay en los ojos de Pepita. Pues bien: a pesar de esto, yo he creído notar dos o tres veces un resplandor instantáneo, un relámpago, una llama fugaz devoradora en aquellos ojos que se posaban en mí". 

Y también por primera vez, nuestro joven seminarista se cuestiona si debe confesarle a su padre que está enamorado de Pepita. 

"¿Qué es, pues, lo que entonces podría yo decir a mi padre?. ¿Habría de decirle que yo soy quien está enamorado de Pepita, que yo codicio el tesoro que ya él tiene por suyo? .../... lo mejor es callarme; abandonar cuanto antes este pueblo y devolverme con usted". 

19 de mayo.

Nuestro protagonista reconoce ante su tío que está perdido, que los ojos de Pepita le tienen hipnotizado y el tacto de su mano hechizado, y hasta de sus deberes con Dios se ha olvidado. Nuevamente, regresan las referencias a la belleza de la joven, no ya de una manera espiritual e impersonal, sino relatando al detalle hasta cómo son su nariz, su oreja, sus mejillas. El autor no abandona el lirismo, lo poético de su narración; la hace más íntima, apelando a todos los sentidos. Luis de Vargas percibe hasta el aroma del cuerpo de Pepita.

"Es cierto; ya no puedo negárselo a usted. Yo no debí poner los ojos con tanta complacencia en esta mujer peligrosísima .../... no era sueño, no era locura: era realidad. Ella me mira a veces con la ardiente mirada de que ya he hablado a usted. Sus ojos están dotados de una atracción magnética inexplicable. Me atrae, me seduce, y se fija en ella los míos. Mis ojos deben arder entonces, como los suyos, con una llama funesta .../... al mirarnos así, hasta de Dios me olvido".

"Al entrar, Pepita y yo nos damos la mano, y al dárnosla me hechiza. Todo mi ser se muda. Penetra hasta mi corazón un fuego devorante, ya no pienso más que en ella".

"Creo descubrir en ella nuevas perfecciones; ya los hoyuelos de sus mejillas cuando sonríe, ya la blancura sonrosada de la tez, ya la forma recta de la nariz, ya la pequeñez de la oreja, ya la suavidad de contornos y admirable modelado de la garganta .../... no es ella grata a mis ojos solamente, sino que sus palabras suenan en mis oídos como la música de las esferas, revelándome toda la armonía del universo, y hasta imagino percibir una sutilísima fragancia que su limpio cuerpo despide". 

Tanto ama el seminarista a Pepita que ni la muerte teme (aquí el texto tiene unos tintes románticos). El propio joven reconoce que su vida no es más que una lucha y una obsesión con Pepita, tan idealizada, que Luis sólo quiere ya perderse en sus miradas.

"Estoy todo en ella .../... nada le he dicho ni me ha dicho y, sin embargo, nos lo hemos dicho todo .../... me recomienda usted que piense en la muerte; no en la de esta mujer, sino en la mía .../... ¿cómo he de temer la muerte cuando deseo morir?. El amor y la muerte son hermanos. Un sentimiento de abnegación se alza en las profundidades de mi ser, y me llama a sí, y me dice que todo mi ser debe darse y perderse por el objeto amado. Ansío confundirme en una de sus miradas; diluir y evaporar toda mi esencia en el rayo de luz que sale de sus ojos; quedarme muerto mirándola, aunque me condene .../... sobre este amor determinado, que ya veo con evidencia que Pepita me inspira, se levanta en mi espíritu el amor divino en consurrección poderosa .../... mi vida, desde hace algunos días, es una lucha constante .../... apenas me alimento, apenas duermo .../... no me queda más recurso que huir". 

23 de mayo.

Luis de Vargas está desesperado. Admite sin ambages que es amor lo que siente por Pepita, y lo siente desde el instante en que sus manos o sus rodillas se tocan. Desea huir y pide al Dean que acuda a su ayuda.

"me han circundado dolores de muerte .../... quiero confesarlo todo .../... El Progreso de mi mal es rápido .../... cuando Pepita y yo nos damos la mano nos transmitimos, por nuestras diestras enlazadas, todas las palpitaciones del corazón, obramos una transfusión y mezcla de lo sutil de nuestra sangre. Ella debe de sentir circular mi vida por sus venas, como yo siento en las mías la suya .../... cuando habla y estoy a su lado, mi alma queda como colgada de su boca .../... jugando al tresillo, se han tocado por acaso nuestras rodillas, y he sentido un indescriptible sacudimiento. Sáqueme usted de aquí .../... ¡socórrame usted!". 

30 de mayo. 

Trata de evitar el contacto con Pepita, comienza a enfermar de amor. Sigue aferrándose a la idea de consagrarse al servicio de Dios y hacer de Pepita una quimera. Vuelven las referencias neoplatónicas.

"Dios me ha dado fuerzas para resistir .../... estoy enfermo. Estoy pálido y ojeroso .../... procuro conciliar locamente los dos amores. ¿Por qué no huir de ella y seguir amándola sin dejar de consagrarme fervorosamente al servicio de Dios? .../... el amor de Dios no excluye este amor si es espiritual e inoculado. Yo haré de ella, me digo, un símbolo de todo lo bueno y hermoso .../... si la dejo entre los vivos, no acierto a convertirla en idea pura, y para convertirla en idea pura la asesino en mi mente".

6 de junio.

Llega el momento, tan evitado pero inevitable, en que Luis y Pepita se besan: "acerqué mis labios a su cara para enjugar el llanto, y se unieron nuestras bocas en un beso". Sin embargo, Luis de Vargas pronuncia esa lacónica frase de: "¡El primero y el último!", en clara lucha con su resolución de no seguir amando a Pepita. 

"Anoche no pude ya resistir y fui muy temprano. Pepita estaba sola. Al vernos, al saludarnos, nos pudimos los dos colorados. Nos dimos la mano con timidez, sin decirnos nada. Había adivinado mi lucha interior; presumía que el amor divino había triunfado en mi alma; que mi resolución de no amarla era firme e invencible".

"Un suspiro, apenas perceptible, que se escapó de sus frescos labios entreabiertos, manifestó cuánto lo deploraba". 

"En la soledad fue mayor mi amargura .../... había faltado a Dios y a ella. Soy un ser abominable". 

11 de junio.

Nuestro protagonista se resiste a aceptar sus sentimientos. Opta por poner distancia, por dejar de ver a Pepita (de quien dice es una imagen profana) y confía en que todo desaparezca.

"Desde aquella noche no he vuelto a su casa .../... lejos de Pepita me voy serenando .../... la imagen profana de esa mujer saldrá definitivamente y para siempre de mi alma".

18 de junio.

Finalmente, vuelve a visitar a Pepita y, con gran esfuerzo, resiste los envites de la pasión; se muestra incluso castigador con ella y se encomienda a Dios para hacerla desaparecer por siempre.

"Dos veces he vuelto a casa de Pepita. He estado frío, severo, como debía de estar; pero ¡cuánto me ha costado! .../... Dios mío, haz que Pepita me olvide".

Aquí terminan las cartas de Luis de Vargas a su tío, pero no la novela de Juan Valera. En la segunda parte, llamada Paralipómenos, se narra (ya en tercera persona) como nuestro protagonista acepta el amor por Pepita, renuncia a su idea del celibato, y se compromete felizmente con una Pepita totalmente entregada a su amado Luis. Sin embargo, no es objeto de esta entrada, para entonces ya es demasiado tarde. Durante esta entrada, el amor silencioso entre ambos ha ido tejiendo una capa con la que se nos envuelve, inesperadamente, contra la tormenta de la vida. 


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