EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS: UN LUGAR RECÓNDITO
En “El corazón de las tinieblas” siempre hay un “a lo lejos”, siempre hay un “al otro lado”, siempre hay un “lugar recóndito”. En “El corazón de las tinieblas” se señalan las cosas, los lugares, pero no se nombra nada. Joseph Conrad tiene la habilidad de mostrarnos de manera alegórica una historia sobre la oscuridad humana, en el contexto del colonialismo europeo en el continente africano del siglo XIX; y que ha marcado un referente en otras áreas artísticas especialmente en el cine, ya no solo por la célebre película de Francis Ford Coppola (Apocalypse Now 1979), o la adaptación de Nicolas Roeg (El corazón de las tinieblas 1993), sino más recientemente en el film colombiano de Ciro Guerra (El abrazo de la serpiente 2015), siendo esta última más explícita sobre el extermino indígena en el Amazonas.
Conrad utiliza una técnica de narratología homodiegética, en primera persona; una historia dentro de la historia (la del capitán Marlow en busca del señor Kurtz), la del narrador dentro del narrador e iluminándonos en una representación del espacio y del tiempo que nos hace dudar de si estamos ante una mimesis de la realidad o ante una reconstrucción un tanto particular e imprevista de la voz y visión de su protagonista. Y quizás esa forma de narrar sea el prisma, como decía Heidegger, el cristal por donde se mira el relato impregnándolo de cierta incredulidad frente al lector. “Tengo la sensación de estaros contando un sueño”, nos dice Marlow en un momento de su historia. Y es que toda la novela está envuelta en una especie de extraña niebla, que nos rodea y nos acompaña página tras página mientras el barco de vapor se abre paso entre las oscuras aguas del río Congo. Esa atmósfera fantasmagórica se hace característica en la novela, cuyo tratamiento de las descripciones sinestésicas de la selva, envuelve a los personajes, y las referencias oscuras y el juego entre el ruido y el silencio me recuerda, en ocasiones, al terror cósmico de H.P. Lovecraft.
El río es el hilo conductor de la narración, y representa la conexión con la Naturaleza; algo que será de vital trascedencia en la novela, como tendré ocasión de explicar. En la crónica de Conrad, la selva es un personaje más, silencioso, pero omnipresente. “Remontar aquél río era regresar a los más tempranos orígenes del mundo, cuando la vegetación se agolpaba sobre la tierra y los grandes árboles eran los reyes”. Por el río se transita, desde el Támesis (donde comienza el relato) hasta el Congo; a través del viaje, de la navegación, se narran los recuerdos de Marlow. Es curioso como el río (desde el punto de vista geográfico) siempre está ahí, pero nunca es el mismo. El río es un elemento mutable, voluble, etéreo. El río que hoy vemos, deja de serlo mañana, porque la corriente se lleva los recuerdos (“la marea sube y baja en su incesante servicio, poblada de recuerdos de hombres y barcos…”). El río trae -como dice Conrad- “corrientes de muerte en vida”. Y dado que Marlow es el álter ego de Conrad, el autor no oculta su gusto por enmarcar las historias dentro de un contexto geográfico; en este caso, el Congo (aunque nunca se nombra el lugar): “cuando era pequeño tenía pasión por los mapas … en aquellos tiempos había muchos espacios en blanco en la tierra … ponía mi dedo sobre él y decía cuando sea mayor iré allí”. Hacia dónde ir, qué descubrir o qué conquistar; todo nos lo dicen los mapas. Existe una necesidad de dejar huella de nuestro paso por el mundo conocido, cuando se establece una relación del individuo con el lugar. Y “El corazón de las tinieblas” es también un relato de la relación entre el hombre (ya sea Marlow o el señor Kurtz) con la selva africana. Estamos por tanto ante una de las características de la novela: el simbolismo que tiene en la historia el entorno natural, que, junto con el sentido evocador de la narración, donde los arquetipos se descomponen en un nihilismo existencial (estilo que luego copiaría Ernst Jünger en su obra Sobre los acantilados de mármol 1939), hacen de “El corazón de las tinieblas” una obra genuina.
Pero volvamos al tema de la novela: la oscuridad humana. Y yo me pregunto: ¿es innata la oscuridad humana? No me refiero a la parte animal de nosotros, tampoco a los instintos más primevos cuya realidad es innegable, sino a ese “lugar recóndito” (como dice Conrad) donde la crueldad está oculta pero que, de manera inesperada, de pronto, surge como un zarpazo letal. Podemos encontrar en la naturaleza ejemplos de crueldad; sí, eso no lo discuto. En la misma selva, podemos presenciar cómo un hipopótamo devora a su cría o cómo un elefante pisotea a un animal inferior, pero en el caso del ser humano, en cambio, existe una crueldad que nada tiene que ver con el instinto de supervivencia o con la defensa del territorio (como podría pasar con los animales). Es una crueldad contemplativa. ¡Es el horror! (citando las últimas palabras del señor Kurtz). No todo es luz en el hombre (faltaría más). Hay una parte tenebrosa que todos tratamos de dominar. Desconocemos de dónde viene. Si tiene un origen bíblico o es un apéndice de nuestro belicoso pasado. Esa parte oscura la puedes disimular bajo capas y capas de indolencia, amarrarla como una bestia o someterla al más férreo control moral (como la visión crítica de Marlow), pero llega un momento, un instante, un detonante en nuestras vidas, que nos hace abrir las compuertas del alma y hacer que nos comportemos cruelmente. Quizás, en el caso de “El corazón de las tinieblas”, lo que le lleva al señor Kurtz a contemplar el horror es su codicia por el marfil o, quizás y por qué no, la soledad del hombre en mitad de una selva inhóspita. El caso es que sólo el hombre actúa con ensañamiento, con alevosía o, peor aún, es capaz de generar dolor por puro placer. “La mente del hombre es capaz de cualquier cosa, porque está todo en ella, tanto el pasado como el futuro”, nos dice Marlow en su relato cuando conoce los dominios del señor Kurtz.
¿Es innata la oscuridad humana? Bien, abordaré la respuesta sin ambages: Sí, lo es. No puedo aportar el dato preciso de por qué lo es (eso se me escapa a mi corto entendimiento), pero el ser humano es de manera natural cruel. Y la historia del progreso está plagada de episodios crueles. Esa misma crueldad, como digo, es la que ha permitido al hombre dominar tanto a los de su especie como a la propia naturaleza. Y la dominación ha traído consigo el progreso. Si no se hubiese alterado el orden natural de las cosas, no existiría el progreso. La dominación de los elementos, la dominación del más débil, la dominación de los abismos para que sobre ellos pueda transitar el ferrocarril… el progreso está lleno de ejemplos de dominación. La crueldad ha provocado que el hombre blanco utilice el látigo para infringir castigo al prójimo, para obligarle a cargar pesados bultos, a remar con más fuerza, a cavar la tierra. Sólo la crueldad ha patrocinado los más terribles aparatos de tortura. Y únicamente, bajo la bandera de la crueldad, se puede explicar que se aniquilen familias, que se esclavicen mano de obra infantil o que se saqueen los recursos naturales. En África, el marfil. En Sudamérica, el caucho. El Norteamérica, el oro. En Asia, el algodón. ¿Y en Europa?. En hombre blanco europeo, en el contexto de la novela, se nos presenta como el paladín del progreso. Kurtz escribió: “nosotros, los blancos, desde el nivel de desarrollo que hemos alcanzado, tenemos, necesariamente, que parecerles (a los salvajes) seres sobrenaturales; nos acercamos a ellos con el mismo poder que una deidad”. Y es que en el relato de Conrad, la codicia del hombre blanco por el marfil (“la palabra marfil resonaba en el aire, se susurraba, se suspiraba. Uno pensaría que la estaban invocando. Un tufo de estúpida rapacidad lo envolvía todo, como el aliento de un cadáver. No he visto nada tan irreal en todo mi vida”), que mata sin escrúpulos, que somete a los que llama “salvajes”, tiene su amparo en una hipócrita filantropía, la misma que legitimó a Leopoldo II para dominar a su capricho el territorio del Congo. Por lo tanto, es la “superioridad” del hombre blanco la que condiciona su propósito de dominar al “salvaje”.
Pero veremos que en la novela de Conrad se pasa del idealismo a la desilusión. Dice Marlow, “la conquista de la tierra, que más que nada significa arrebatársela a aquellos que tienen un color de piel diferente o la nariz ligeramente más aplastada que nosotros, no posee tanto atractivo cuando se mira desde muy cerca”. Y es aquí cuando el hombre “civilizado” pretende regresar a la Naturaleza, y se ve obligado, irremediablemente, a enfrentarse consigo mismo. Tiene que rendir cuentas ante la Tierra; esa tierra que dice Conrad que parece “algo no terrenal”. Para Marlow, “los hombres que vienen aquí no deberían tener entrañas”. El hombre blanco no puede retornar a la tierra, ya está contaminado. La selva es el espejo que hace regurgitar los instintos del ser humano. Y éste, erigiéndose como un ser “civilizado”, pretende cambiar el mundo y adaptarlo estérilmente a su canon.
En el contexto de la novela, la auténtica cultura es la europea, y las costumbres de los “salvajes” deben desdeñarse (es más), deben destruirse. “Su deseo era arrancar tesoros de las entrañas de la tierra, sin más propósito moral que el que puedan tener unos ladrones al forzar una caja fuerte”. Pero cuando el individuo se enfrenta a la soledad de la selva (como sucede en el caso del señor Kurtz), cuando lo único que escucha es el crepitar de la hoguera en mitad de la oscuridad de la noche, entonces, debe responder ante sus fantasmas.
Decía antes que esto sucede cuando el hombre blanco pretende regresar a la naturaleza. Y es que, a diferencia de los “salvajes”, aquél sí conoce el Mal, el mal con mayúscula, el mal como nombre propio. Conoce la codicia, conoce la envidia, conoce el egoísmo, conoce, en definitiva, el ansia de poder. Esto le diferencia de los salvajes: “ellos pertenecían todavía a los comienzos del tiempo; no habían heredado una experiencia que les enseñara”; se mantienen incólumes a los vicios de la civilización. La existencia del mal lo vemos en el uso de la violencia, en el deleite del dolor, ¡en el horror! Todo vale para apropiarse de aquello que existe más allá de las fronteras del hombre blanco.
“El corazón de las tinieblas” es una historia de horrores, de brutalidad y de pasiones olvidadas. Nos dice Marlow: “traté de romper el hechizo, el pesado y mudo hechizo de la selva, que parecía atraerle hacia su despiadado seno despertando en él instintos brutales y olvidados, trayéndole a la memoria pasiones monstruosas y satisfechas”. Y es que nuestro protagonista, al final de su travesía por el río Congo, llega tan lejos que no sabe si al final regresará. Se enfrenta a una jungla, a un cielo en llamas, a una oscuridad que hace al hombre blanco ser despiadado, pero, a la vez débil. “Y esto ejerce además una fascinación que actúa sobre él: la fascinación de la abominación; ya sabéis, imaginaos el creciente arrepentimiento, el ansia de escapar, la impotente repugnancia, la renuncia, el odio”. Es significativo cómo Marlow transita de ese idealismo (incluso optimismo) del comienzo de su viaje, con sus ganas de explorar y conocer mundo, hacia una desilusión que, al final de la novela, se traduce en un odio hacia los demás: “me encontré de regreso en la ciudad sepulcral donde me molestaba la vista de la gente apresurándose por las calles para sacarse un poco de dinero unos a otros, para devorar sus infames alimentos, para tragar su insalubre cerveza, para soñar sus insignificantes y estúpidos sueños”.

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